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viernes, 23 de marzo de 2012

ESENCIA DE “AZAR”




La aurora se iba subiendo por la pared del Oriente, como una enredadera. Floreaba corimbos rosados y gajos azules. Una que otra hoja dorada asomaba su punta. Las estrellas se iban destiñendo una por una.

Un vientecillo helado, aclarante como si llevara disuelta en su caudal la luz, iba llenando la pila del mundo con el agua dorada del día. Los gallos flotaban, aquí y allá, como pétalos despenicados de una sola alegría.

Dulcemente se abrió la puerta de la esquina y espantó en la tienda los olores dormidos: olor a maicillo y a petate nuevo; olor a manta dril y a cambray pirujo, a jabón, a canela y anís. La luz tranquila entró, limpiando de sombras los estantes, los mostradores, los sacos aglomerados a lo largo de la pared y la máquina de coser, sobre la cual el gato gris seguía durmiendo, enroscado como un yagual.

La Toya abrió también la ventana; y, cogiendo la escoba del rincón, empezó a barrer con el polvo de tiste de los ladrillos, las tiras de género, las briznas de tusa, los pelos de elote y uno quiotro papel. A lo lejos, freían un huevo.

La ña Grabiela salió del dormitorio, apartando la cortina de perraje. Era una viejecita blanca, lenta y encorvada. Sus ojillos, verdes y hundidos, miraban bajeros, siguiendo los giros del pescuezo. Sobresupanzinga de beata, colgaba el delantal fruncido; y, sobre el delantal, el mosquero de llaves. Tembeleque, llegó al mostrador; miró, con ojos de ausencia, la calle empedrada que subía curveando; el trasero mugriento de la iglesia; y, a través del arco del campanario, el cielo azul, de un azul dominguero. Luego, la ña Grabiela abrió la gaveta del mostrador y, metiendo su blanda mano de espulgadora, hizo sonar el humilde pianito del pisto.

 —¡Toya!...
—¡Mande!...
—Andá onde Lino, que te venda un cuis de esencia de azar. Lleva el bote. Miá güelto el dolor...

Por la esquina entró una cipota y fue a pegarse al mostrador, empinándose sin lograr dominarlo.

 —Ración de canela y ración de almidón...

Cantaba al hablar. La ña Grabiela, que era un poco sorda, no la oyó.
Andaba dando vueltecitas de uno a otro lado. Espantó al gato, metiéndole un tastazo en la nalga.

—Ración de canela y ración de almidón...

La viejecita entró en el dormitorio, apartando la cortina. Iba tambaleándose. La niña, siempre pegadita al mostrador, catarrosa y desmechada, continuaba esperando. A lo lejos, en el patio, alguien se bañaba a guacaladas.

De la trastienda llegaba un quejarse congojoso. La cipota no hablaba ya más: escuchaba, con la boca entreabierta, el quejarse monótono, como mecido de hamaca. Poco a poco iba menguando, menguando... hasta callar. Cuando calló, la niña salió tímida al andén y aguardó.
Llegó la Toya, con la esencia de azar. La niña la detuvo.

—La ña Grabiela taba quejándose, y se jue callando, y se jue callando, y se jue callando... hasta que se calló.

La Toya entró corriendo.

—¡Madrina, Madrina!...

Alguien seguía bañándose en el patio, a guacaladas. Dulcemente volvió a cerrarse la puerta de la esquina, guardando los olores: olor a maicillo, olor a petates, olor a manta y a cambray pirujo, a jabón, a canela y anís... y a esencia de azar.

CUENTOS DE BARRO --SALARRUÉ--


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