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jueves, 1 de marzo de 2012

LA REPUNTA





—Mama, mama, el poyo me quitó la tortiya e la mano!...
—¡Istúpida!

La istúpida tenía siete años. Era gordita y ñatía; su cara amarilla moqueaba y su boca despintada, siempre abrida y triste, mostraba dos dientes anchos e inexpresivos. Lamiéndole la frente le bajaba el montarrascal del pelo, canche y marchito. Vestía mugre larga y vueluda, tornasolada de manteca. Se llamaba Santíos.

La nana recogió del suelo un olote y se lo tiró al poyo, con todas sus juerzas de molendera.

—¡Poyo baboso!... ¡Encaramáte al baúl, jepuerca! ¡Si tiartan la tortiya, no te doy más!

La Santíos se encaramó en el baúl. Venía lloviendo tieso por los potreros. El cerro pelón, parado en medio de los llanos, gordo y cobarde, no halló dónde meterse y se quedó. Llovió sin pringar, de golpe, a torrentes; con un viento encontrado, que corría atropelladamente en todos los rumbos, como si llevara un tigre agarrado a la espalda.
El hojarasquín mísero, de paredes de palma, se tambaleaba chiflante, desplumado, entregado a la voluntá de Dios.

—¡Istúpida, tapa ligero el hoyo con el costal!

La Santíos puso el pedazo de tortiya en el saliente del horcón y jue a zocoliarle el costal al juraco. La piel del cielo tembló ligeramente de terror, y el rayo, con un alarido salvaje, le estampó su jierro caliente que tenía la forma de un palo seco. Un berrido de dolor llenó los ámbitos oscuros. La istúpida no tapaba bien el hoyo, y la nana la arronjó del pelo y lo tapó.

—¡Quita, endezuela emierda, bís nacido para muerta!

La Santíos se jue a sentar en la cuca y se quedó mirando, con los ojos y con la boca, por la puerta. El viento bía menguado, aplastado por lagua. En el patio, y al ras de la corriente, iban saltando pa la calle un montonal de inanitos de huishie, a toda virazón, unos detrás diotros. De los alambres del cerco cáiban, desguindándose, unos miquitos platiados. La Santíos se despabiló con la escupida de una gotera.

—Mama, aquiés onde chingasteya lagua, mire...

Iba, gota a gota, llenando su manita acucharada; cuando le rebalsó, diun manotazo se la metió en la boca.

—¡Istúpida, bien bís óido que tenés catarro! ¿No sabés que lagua yovisa es mala? Te puede quer al pecho, animala...

Pasado el aguacero, la Santos salió para el río con la tinaja 

—Güelva luego, carajada, si no quiere que la tundeye como ayer.

La Santos voltio a ver y siguió su camino. Iba, humilde y shuca en la frescura dorada de la tarde, dejando pintada en el barro la flor de su patita. El río venía hediondo y colorado y su ruidal llenaba la barranca, haciéndola más oscura. Humilde y shuca, bajó de piedra en piedra, sujetando con mano temblorosa la tinaja, sobre la cabeza canche.

Llegó al ojo diagua encuevado, límpido y lloviznoso, y con el guacalito fue llenando, llenando la
tinaja, de aquel amor Un trueno lejano venía arrastrando la noche por la barranca. Era como el rugido de una montaña herida de muerte. Desde una altura, un indio de manta agitaba los brazos, gritando desesperado:

—¡Istúpida, babosa, la repunta, ái viene la repunta! ¡Corra, istúpida, corra!

La niña, sin oír, seguía llenando tranquila la tinaja.
En el momento en que la repunta voltió en el recodo del río, espumosa y furibunda, arrasando a su paso los troncos y las piedras, la altísima muralla que estaba a espaldas de la niña, en la margen opuesta, altísima y solemne como un ángel de barro, abrió sus alas y se arrojó al paso.

Su derrumbe, acallando todos los ecos borrachos, había sonado a un NO profundo y rotundo. La repunta se detuvo. Y no fue sino cuando la Santíos había entrado ya en el patio de su rancho, pintando en el barro la flor de su patita, que el río abrió de un puñetazo su paso hacia la noche.

CUENTOS DE BARRO  ---SALARRUÉ---