viernes, 31 de octubre de 2014

LAS BRUJAS DE IZALCO





Esta historia sucedió en Izalco, el lugar ancestral de los brujos, un pueblo místico, aquí cada aquelarre en un rito se abre una puerta al mas allá, pero solo tiene un camino el del mismísimo infierno.
                                   
                                                  ***

Paula, y su familia llegaron al pueblo con la intensión de enflorar a su abuelo, deberían hacerlo un par de días antes, (el 31 de octubre) ya que el 2 de noviembre, día de los difuntos, tenían que regresar a Los Ángeles, California, lugar donde residen desde hace mas de 2 décadas. Llegaron al cementerio, luego de limpiar y pintar la lápida del abuelo, la adornaron con flores y rezaron un par de oraciones, Paula como cualquier adolescente jugo y corrió junto con su mascota, (un perro lobo pastor), este se le perdió por unos momentos, al regresar traía algo en el hocico.

-¿Quieres jugar?, dame acá - le dijo al perro

Pero su sorpresa fue grande cuando se percato que se trataba de un fémur, al verlo pego un grito y lo lanzo lo mas lejos posible, su perro fue tras el hueso. Paula corrió donde sus padres que entre risas le advirtieron que no jugara con los muertos, si despertaba a alguno, la perseguiría por todo el pueblo. Y es que en ese cementerio hay aun hoy en día poderosos brujos y brujas enterrados que no desean ser molestados en su sueño eterno, si alguien lo hace una tremenda maldición la perseguirá. El perro moviendo la cola regreso con el hueso en el hocico; la madre de Paula se persigno y agarrando al perro, lazo el hueso lo más lejos posible.

La familia se hospedo donde unos parientes en el pueblo; olvidaron todo el asunto, y se disponían a charlar luego de la cena, cuando el perro que estaba echado, para las orejas, clava la mirada, se levanta lentamente, y se le comienza a erizar el pelo de su lomo, le ladra a alguien o algo y ataca pero retrocede amedrentado. Paula asustada trata de calmarlo y dirigir su mirada hacia donde el perro ladra, con asombro ve una figura humanoide, una anciana de unos 1000 años levitaba con aire amenazador hacia ella, Paula da un grito de terror y loca de espanto con gran desesperación le grita a su padre.

-¡Pa!… ¡la bruja del cementerio esta aquí! --

Su padre un hombre alto y robusto, camina hacia donde su hija señala con cara de pánico, para su sorpresa es derribado por un tremendo golpe en el pecho, su esposa llega a toda prisa en su auxilio pero también cae al ser golpeada, el perro se abalanza sobre el espanto pero no se atreve a atacar, solo le muestra su filosos colmillos, la madre dominada por el terror le grita que huya, Paula corre despavorida, llega a la habitación cierra la puerta con llave, su corazón late a toda prisa, tiene la mente confusa, empieza a rezar, pero es perturbada por un fuerte golpe en la puerta, luego otro y otro mas, por fin la puerta sede, Paula es tomada de sus cabello y arrastrada por toda la casa, una vez fuera, la bruja y Paula montan en un burro negro y marchan rumbo al río Ceniza.

Una densa niebla cubría todo alrededor, Paula es llevada a todo trote, su rostro es arañado y golpeado por chiriviscos, un tremendo sudor frío se apodera de su cuerpo, tiembla como si fuera a morir por hipotermia, al paso de la bruja se escuchan los perros ladrar lastimeramente, las aves escapaban de sus nidos en el silencio de la noche sin saber a donde ir, de repente un resplandor en lo profundo del bosque, una hoguera cuyas llamas parecían llegar desde el propio infierno, se escucharon cantos satánicos, en lenguas extrañas, no eran voces humanas “Lalamatec, Lalamatec”, tus esclavas te invocan, logro escuchar Paula, Xhalitemac, que era la bruja mayor, quien había secuestrado a Paula, dio un aullido con furia, no se distingue si lloraba, reía o era un lamento, las demás brujas que danzaban se acercaron con cara de felicidad al ver el botín que esta llevaba,  Xhalitemac la tomo con sus afiladas uñas por el rostro acercando su cara arrugada, con tremendos ojos saltones fuera de órbita  la nariz puntiaguda y larguirucha, una boca desdentada con solamente dos colmillo que simulaban un vampiro, se le acerco y dirigiéndose a las demás les dijo, ---¡viene el sacrificio!,--- Paula sintió el aliento putrefacto de aquel espanto, en el acto vomito, no pudo con esa infernal pestilencia. Xhalitemac ordeno que el rito comenzara ya que a las 12 de la noche, hora en que se habría la puerta del infierno, el sacrificio debía ser realizado.

Había un altar y al pie una fogata, 12 piedras alrededor del fuego, las 13 mujeres poseídas empezaron a cantar, bailar frenéticamente, y decir palabras incomprensibles… --“sacamatly, xicha, malixy”,-- fueron de las que pudo distinguir; la media noche se acercaba y un espectáculo horroroso empezó, el burro y 12 gatos completamente negros que acompañaban a las brujas fueron decapitados, su cabeza empalada, y puesta a las llamas, la sangre que corría era tomada por los engendros con deleite, de repente... un tremendo trueno impuso silencio, las nubes desaparecieron y la luna se dejo ver. La hora de las brujas había llegado… las 12 de la noche del 31 de octubre, todas la mujeres se tomaron de las manos hicieron un circulo y empezaron a invocar al dios del mal, este les contesto elevando las llamas hasta tocar la luna, las 12 Brujas se dirigieron a tomar asiento en sus piedras alrededor de la fogata, Xhalitemac camino hacia Paula, su hora había llegado, la joven seria sacrificada y su alma serviría para liberar al mismísimo mal; estando hipnotizada, en trance no se resistía a nada, su destino parecía escrito... pero había un elemento sorpresa, el fiel perro, esta vez convertido en su ángel guardián, la había rastreado hasta el lugar del rito y cuando la bruja mayor se dirigía con su victima en brazos, el perro se le abalanzo, clavo sus afilados colmillos en el cuello de aquella concubina del diablo, la bruja sorprendida soltó a Paula, y al caer salió del trance  al ver que estaba libre corrió, no miro hacia atrás solo corrió y corrió, la noche estaba negra, debía correr a ciegas y se precipito en un barranco, se dio un golpe en la cabeza y se desmayo.
                                    

                                               ***

Al día siguiente despertó en el hospital, al pie de su cama se encontraban sus padres, al preguntar que paso, le comentaron que al estar en el cementerio cayo accidentalmente en una tumba abierta, del golpe se desmayo su perro ladro tanto que ellos corrieron a ver que pasaba y así la descubrieron, luego fue trasladada al hospital.

Ahora 15 años después Paula no sabe si fue una pesadilla o en realidad lo vivió; pero al transcurrir un año en esta fecha, una mujer gritando dulce o truco se le acerco y le advirtió; que no debe dormir ninguna noche del 31 de octubre, si lo hace será llevada nuevamente a orillas del río Ceniza y esta vez la suerte no le sonreirá, le profetizó que para que la maldición termine; su relato deberá ser leído un 31 de octubre y si alguien pronuncia las palabras “lalamatec, lalamatec, sacamatly, xicha, malixy” será el nuevo portador de la maldición y para no ser llevado al río Ceniza, debe permanecer despierto todas las noches del 31 de octubre

Edgardo Reyes.


sábado, 9 de agosto de 2014

LA CARRETA BRUJA



Chente "el malo" era un hombre sin fe, una negra noche buscando riqueza y poder, mientras caía  una inusual tormenta eléctrica, en un oscuro rito realizado bajo un palo de amate, vendió su alma al diablo, a cambio debía destruir la iglesia del pueblo.
 
El 15 de mayo, día de San Isidro Labrador,  luego de la misa, se realiza la bendición de las carretas y las herramientas para trabajar la tierra,  esa mañana el padre siguió con la tradición, para que los campesinos tuvieran buenas cosechas y prosperidad, cuando le toco el turno a Chente, este puso su carreta  frente a la entrada de la Iglesia, el padre  tomó el agua bendita y le hizo una señal a Chente.

-Hijo acerca tus bueyes y la carreta para que pueda bendecirla.

-Chente puso cara de chalado, le lanzo una mirada con rabia, los ojos rojos, legañosos y desorbitados, su boca salivaba en exceso y con voz carrasposa de ultratumba le contesto.  

-Mira señor cura, mi carreta no necesitan su bendición, mi señor Satanás ya la bendijo; y ahora voy a cumplir con su mandato.

El cura alarmado lanzo agua bendita a Chente, y fue como ácido sobre  su piel, estaba purificando su cuerpo endemoniado, los bueyes al ser rociados con agua bendita cayeron de rodillas y bajaron la cabeza como haciendo una reverencia,  Chente entro en pánico y azotó a los animales para que entrar a la iglesia en tropel según su plan original, pero estos no respondieron y se echaron a media calle. El cura siguió rociando agua bendita y Chente al verse llagado de su rostro y sus manos, clavo la puya a los bueyes, estos dieron una cabriola, y  rompieron las coyundas; la carreta salió disparada como una bala de cañón en dirección opuesta a la iglesia. Chente corrió tras ella blasfemando.  El padre le maldijo.

-Chente por ser enemigo de Dios, y tratar de destruir su santa iglesia, te condeno a que vagues por la eternidad en tu carreta endemoniada. 

Las buenas personas del pueblo entraron a la iglesia detrás del padre y rezaron todo el día para pedir protección contra el mal que se les avecinaba. Desde ese día la carreta bruja se pasea todos los viernes por los pueblos donde sus habitantes pierden la armonía, al filo de la media noche se escucha el chirrido de una carreta en lo profundo de los llanos y viene acercándose lentamente, congela la sangre con su  traca, taca trarata. 


Un tiempo después...

Era la media noche, Juan y Chilo se persignaban cada vez que el tecolote o la aurora cantaba, permanecían cuidando el café de la corta del día, el camión había tardado en llegar,  lo mas probable es que a Foncho se le arruinara su vieja carcacha, un camión  ford  de los años 60´s, si ese era el blen ya les toco amanecer.

-Juancho, yo creyba que hay viene.

-Está diciendo lo mismo desde hace ratones primo.

-Es quioy el ruido del motor se oye cada vez mas cerca.

-Ha de ser pues.

-ya vi las luces, hay viene Foncho por fin.

-Por si acaso tenga lista la mecha, chero, hay que tenerla cargada y ojo al Cristo mano.

Foncho llegó por fin, cargo con sus ayudantes las sacos y luego se despidió de Juan y Chilo, nos vemos cheros, hoy no los puedo llevar voy con mucha carga, si no ya saben.

Los dos empezaron a caminar rumbo al pueblo, no estaba muy lejos a una legua nomas, lo malo era que ya daba la media noche.

-Es lora de los espantos Juancho.

-Cayese por la puerca no ve que nos está salando, esos oyen todo y si les teme entonces se le aparecen.

-No seya culiscunqui, puya aste si ques culillero.

-Mire chero los malos espíritus existen, y lo mejor es respetarlos, no vaya ser el diablo.

Caminaron a paso aligerado, con el machete desenvainado y la escopeta cargada por si las moscas, el cielo estaba gris negro, de vez en cuando se apartaban las nubes y la poca luz de la luna  reflejada en los árboles hacía sombras que les jugaban furiosas poses y corrían hacia ellos en un tropel fantasmagórico que parecían apoderarse de sus espíritus temerosos.

De repente el eco trajo un traca traca de las ruedas de una carreta que se desplazaba a lo lejos, los dos amigos se echaron una miradita de terror.

 -Quizá a ño Atanasio  le agarro la tarde también. 

-Asi mero, por codo se lo lleva Judas, prefiere echar 4 viajes en su carreta que pagar un pikap  para que le lleve el café. 


Un escalofrío recorrió los cuerpos de cada uno de los amigos, cuando avistaron el cementerio.

-Juancho siempre que paso por el camposanto a media noche me agarra la culillera.

-A mi también, chero, usté solo pase y si oye un ruido o un cuchicheo  no volteye a ver pa´ningún lado. 

-Juancho me pesan la patas y se me acalambran.

-Camine ligero chero. 

El ruido de la carreta se hizo cada vez mas  cercano y a la vez intolerable, los dos amigos sintieron de nuevo un frió helado recorriéndoles la espalda que les helo la sangre, al escuchar el aullar lastimero de los perros se les erizaron los pelos, llenos de miedo vieron como los chuchos corrían despavoridos de un lado para otro y sintieron la carreta pisándoles los talones. Sin decir palabra alguna y con el corazón queriendo huir de sus cuerpos dándoles tetuntazos en el pecho, corrieron como alma que lleva el diablo, y sin saber cómo, se saltaron un cerco de dos metros de alto, se apachurraron detrás de unas lapidas y cerraron los ojos, temblorosos los dos y llenos de culillera. rezaron toditas las oraciones que de chiquitos sus abuelitas les enseñaron, prometieron a Dios se buenos por el resto de sus días. 

Frente a ellos estaba una carreta desquebrajada que avanzaba lentamente, sin bueyes que la guiaran, tenía un hedor pútrido, en las puntas del estacado llevaba una calavera humana con una grotesca mueca infernal. La carga de la carretera consistía en un promontorio de cadáveres decapitados y ensangrentados que se retorcían como tentáculos de mil pulpos. Los arrieros, en vez de cabeza tenían un manojo de zacate mal amarrado, en la mano izquierda aseguraban una filuda cuma y en la mano derecha un enorme azote negro, danzaban como si bailaran sobre brazas calientes,  y con risas infernal, hacían estallar latigazos que sonaban como furiosos rayos sobre las carnes de aquellos cuerpos; Tras ella avanzaban seres extraños con cabeza calva y plana, sin nariz y rostro muy arrugado, con tremendo hocico desdentado, gritaban los nombres de todas las personas del pueblo que eran mentirosas, falsas e hipócritas, por fin pasó frente a ellos y muy despacio se alejó. ninguno de los amigos se atrevió  a mirar, solo escucharon los lamentos de ultratumba.

Juan y Chilo no recuerdan como despertaron en su casa, pasaron 3 días sudando con fiebre alta y la mirada extraviada, desde ese día ya no se dejan agarrar de la noche.

En la actualidad, la carreta siempre recorre los viernes las calles de pueblos y ciudades solitarias en busca de almas perdidas. Si te agarra la media noche y escuchas el traca taca matraca, no te detengas y corre a un lugar seguro.


                                                                                         Edgardo Reyes

miércoles, 10 de julio de 2013

JUANA PANCHA

Se dice que nació el día que tenía que nacer, en la cumbre del cerro conocido como “Cerro Juana Pancha”, Juana Francisca Callejas, por todos conocida como la Juana Pancha.

Dotada de una aguda inteligencia, los dioses la colmaron de grandes dones físicos, así se convierte en la mujer más bella de la región, su figura simplemente embelesa a  los hombres.

Un poderoso brujo se enamora perdidamente de la joven, intentó seducirla, loco de amor y deseo, pone en juego todo su poder y astucia, pero es rechazado con mofa. Esto traerá a Juana Pancha el infortunio  ya que el brujo nigromante la condena a jamás conocer el verdadero amor.


Los años pasan y Juana Pancha viaja sola por los caminos de la vida sin conocer el amor; al sentirse el juguete de los hombres. La tristeza, el resentimiento y el dolor se anidan en su corazón, dando inicio a una vida de pillaje y pasó a ser aliada de la luna y de la noche.

Con la maldición Juana Pancha había heredado poderes de las sombras; volaba por lo cielos, viajaba en el lomo de bestias salvajes, visitaba la casa de los señores pudientes y en silencio sustraía todos sus tesoros, los cofres finamente talladas ceden sin necesidad de llave y obsequian a Juana Pancha sus estuches forrados de terciopelo, llenos de aretes, pulseras, gargantillas y abundantes monedas de plata y oro.


Un excesivo resentimiento rebosa el corazón de Juana Pancha, aqui empieza también a robar almas y para ese fin, se le aparece a los hombres con su deslumbrante belleza, les guiña un ojo y con su dulce y picaresca sonrisa los hechiza, conduciéndolos a su cueva, cuentan que se te aparece y empieza a caminar despacio, te voltea a ver y sonríe, suplicándote con su coqueto caminar que la sigas, todos caen al hechizo  y cuando están por alcanzarla, en un pispilear de ojos ya no esta, la ves nuevamente al alcance  y sientes un susurro en tu oído que apasionadamente te ruega ven… sígueme… luego una risita maliciosa hace vibrar tu alma. La gran sorpresa es al llegar a la cueva, La tierna criatura se convierte en algo indescriptible, un abominable ser; sus dientes de perla, ahora parecen de lobo hambriento, su dulce sonrisa, una mueca de espanto, y su susurro un alarido que te congela la sangre y te paraliza de pies a cabeza, una vez frente a ella, imposible escapar, sientes las piernas gruesas y pesadas, como si tu cuerpo tuviera que mover las patas de la manyula. Luego nadie sabe de ti.

Al perderse varios jóvenes del pueblo, las sospechas van directamente a Juana Pancha; los hechiceros blancos se reunieron y decidieron librarla del mal. Logran llegar a la cueva, se respira un viento hediondo y se escucha un chillido muy extraño, una terrible tempestad se desata, relámpagos cegadores y mil rayos descargan su furia  iluminando la noche; los brujos  logran hacer un cerco mágico y con poderosos conjuros, luego de una dura batalla contra aquel espanto, sellan la puerta de la cueva.

Aunque dejan una salida para aquella bella mujer que había sido castigada por el destino. Si un buen hombre llega a su cueva y acampa en ella toda la noche de un viernes santo, sin inmutarse por lo que vea o escuche,  las cadenas de la maldición se romperán y Juana Pancha será liberada con toda su belleza y sus tesoros acumulados en oro y joyas preciosas. ¿Te atreves?


Edgardo Reyes

lunes, 8 de julio de 2013

LA SIGUANABA




 Faustino Gamuza era un verdadero tunante, el picaflor mas atrevido del pueblo, tenia el orgullo que ninguna cipota chula se le había escapado, siempre sucumben a sus encantos.

                                                             ***

Eran la fiestas patronales en honor al Divino San José, el 19 de marzo, día principal todo el pueblo disfruta de los juegos mecánicos, la Chicago y la chicagüita, el tiovivo, y las sillas voladoras, sacan gritos de alegría y muchas risas a grandes y pequeños.

A las 9:00 de la noche empezaba el regio baile, con la pulum pulum, las muchachas mas bellas del pueblo no podían faltar, muy bien arregladitas lucían sus mejores trajes para la ocasión.

Los ojitos de Faustino no dejaban de brillar al ver pasar tanta chulada, parecía que llovía mujeres hermosas, dondequiera que volteará el pescuezo, se miraba una mujer preciosa, Todos entraron al baile y el pum, pum, pump pump destemplado empezó a amenizar el baile, la parejas comenzaron a mover el esqueleto, otros para quitar el frío pedían su ponche bien cargado, o su guacal de chaparro.

Una de las muchachas mas lindas del pueblo, le hacia ojitos a Faustino y este ni lerdo ni perezoso, se le acerco para chulearla, a decirle palabras dulces al oído, con la melodía de fondo se dejaron llevar y con el encanto de la noche las palabras del picaflor llenaban de gozo a esta chica; pero su hermano los pillo y como tenia enemistad con Faustino le llegó a reclamar.

--Tino deja en paz a mi hermana o te las veras conmigo.--

Con los tragos por dentro y con el calor de la discusión se armo la riña, los trompones empezaron a sonar por todos lados, hasta quien no lo debía si estaba en medio se llevo su par de ganchadas. Llegó la choricera, arresto a los revoltosos y los llevó directo a chirona. Por ser personas conocidas una hora después los dejaron libres, con la condición de no regresar al baile.

Faustino, un hombre de palabra, aceptó a regañadientes; fue a buscar su caballo y emprendió la marcha para su cantón, estaba cerca del pueblo, a unos 5 kilómetros, al cabalgar por las veredas, recordó que en su alforja llevaba una botellita para cualquier emergencia, y se hecho un buen trago, siguió su camino cantando. Sintiendo pena por haber dejado escapar aquella mujer hermosa…. “Ya caerá… pensó, esta no se me escapa”.


                                                                ***


Al acercarse al río, por la senda de los guarumos, escuchó risas de mujer y como si alguien lavara ropa y la golpeara contra las piedras.

---Tooooo---- detuvo su caballo, desmontó y se dirigió sigilosamente donde se originaba el ruido.... su sorpresa fue monumental cuando con la claridad de la luna pudo distinguir un cuerpo femenino, estaba de espalda con el agua hasta la cintura lavando en las claras aguas del río, al darse la vuelta, Faustino pudo mirar de frente a la mujer mas bella que sus ojos habían visto, su asombro fue mayor al acercarse y ver sus facciones, era Esmeralda, la culpable de haber conocido la cárcel esa noche, la mujer al ver un hombre acercarse, corrió hacia la orilla y rápidamente se vistió.

---Faustino le gritó --Espera soy yo, Faustino, nos conocimos en el baile.

Se detuvo, sonrío, pero no le dio la cara, Faustino se le acerco, la abrazo por la espalda y le susurró al oído,

--quieres venir conmigo al rancho.--

La mujer asintió, agarro su mano y caminaron juntos hacia el caballo, le pareció curioso que está llevará el pelo alborotado sobre el rostro y no dejará ver claramente sus facciones, pero pudo mas la lujuria, al llegar al caballo; el animal relincha, cabecea y retrocede, trata de esquivar a la pareja, pero estando atado a un árbol de guarumo le es imposible huir, empezó a bufar y dar vueltas a través del árbol, Faustino lo toma por la rienda.

---tooooo---tooooo---- ¿que te pasa?-- le da palmadas para calmarlo,--  
      no seas payaso y respeta a la dama... 
---toooooo--- ---toooo---- 

El caballo relincha, resopla con furor, se encabrita, pero Faustino no dedujo nada; lo agarro fuertemente de las riendas y lo montó, no supo como pero la mujer ya estaba encaramada en ancas, y lo tomó fuertemente por la cintura; el caballo corre desbocado, Faustino no lo podía detener, a medio camino sintió olor a muerto,  se percato de las tremendas uñas que se le clavan en la cintura, unos filosos dientes en su nuca, una terrible pestilencia se apodero del ambiente, el caballo seguía desbocado, tratando de sacudirse la carga macabra, al llegar a un claro de la vereda, la luz de la luna alumbra en todo su esplendor, Faustino clava la mirada  hacia abajo y ya no vio aquellos delicados pies, sino una garras de tecolote, metida en los ijares del animal, en su abdomen unas manos llenas de arrugas, con tremendas uñas encarnadas en su panza, sintió, por la espalda resbalándole la baba que soltaba el terrible engendro, al mirar atrás su espanto fue mayor al ver transformado aquel bello rostro en una careta cadavérica, con tremendos ojos rojos saltones, dientes y colmillos tártaros y pestilentes que le sonreían, y aquellos descomunales pechos que caían mas abajo de la montura, Faustino pego un tremendo grito que resonó por todos los cerros.

--Dios mío, líbrame, esta es LA SIGUA.....

Trato de deshacerse de ella dándole azotes con la rienda en la espalda pero lo único que consiguió fue que la siguanaba clavará sus dientes y las uñas en su espalda. Una risa venida de ultratumba le resonó en los oídos, un terrorífico frío se apoderó de su cuerpo, los pelos se le erizaron, (incluso puede jurar que los del caballo también), la risa no cesaba, su cuerpo se iva debilitando, el caballo seguía desbocado, de pronto recordó que llevaba un puro en la bolsa de la camisa, lo había curado precisamente para la ocasión, lo saco, lo mordisqueo, empezó a mascar y rebozar en todo su cuerpo y el de su caballo, de pronto solo sintió unas uñas como navajas desgarrando su camisa por la espalda, y la risa infernal se fue disolviendo a lo lejos, cada vez mas lejos... solo quedo en su cabeza como un eco.

                                                           ***


Faustino no recuerda como llego a su casa; paso una semana con fiebre alta, diciendo incoherencias, la curandera le hizo los baños para espantar a los malos espíritus, fue sanado de su alma, su cuerpo, su casa y su caballo. Ya recuperado les narra su historia para que no les suceda lo mismo, el picaflor aprendió la lección, ahora solo piensa en casarse y formar un hogar.

Edgardo Reyes         


sábado, 29 de diciembre de 2012

YANIRA RENEÉ Y EL MILAGRO DE NAVIDAD




Amaneció el 24 de diciembre, en la víspera de navidad, todos están felices al llegar la noche buena, la fiesta se llena de obsequios y se vuelve  mágica para cada niño del planeta.

Aunque esta noche una niña se encuentra muy triste, su familia no esta completa; sus padres están separados, no por falta de amor, sino por culpa del destino, su padre había viajado en busca de nuevas oportunidades hacia los Estados Unidos, dejando en El Salvador a sus seres queridos, su esposa y su pequeña hijita Yanira Reneé, quien nunca abandonó la fe y en su corazoncito anidaba la esperanza que aquella noche llena de amor y milagros le traería su obsequio mas deseado;  la niña era una fiel creyente de la magia de la navidad pero esta vez el espíritu navideño no lograba abrazarla.

Ese día transcurrió entre las carreras de siempre, su madre haciendo compras de último momento, los preparativos de la cena para disfrutar con la familia, pero Yanira Reneé por primera vez en su vida no  logro contagiarse con el espíritu de las  navidades.

Llegó la noche y la familia se reúne, los tíos  juntos con los primos llegaban felices esperando las 12 para destapar sus obsequios, a las 11 de la noche todos  se reúnen en la mesa con su ponche en mano para narrar historias en familia, su madre y su tío “el incrédulo” contaron aquella historia que siempre repetían una y otra vez, pero que Yanira Reneé por alguna razón nunca había escuchado, esta vez puso mucha atención al relato,

“-Pues si- dijo su madre -nadie nos cree… pero esa navidad, cuando yo tenía unos 8 años y escuché ruidos en el techo de la casa, Salí corriendo al jardín  ¿ y…  que creen?  ¡Santa estaba allí!  su trineo estacionado  en el techo  y el señor gordo bajaba a entregarnos los regalos, nadie quiso creer en ese entonces, ni nadie me cree ahora,  pero digo la verdad. (Aunque realmente no era verdad)

-Todo es cierto- dijo el tío incrédulo,  yo no vi a Santa, pero si la parte trasera del trineo cuando se fue volando dejando la casa. (Algo que tampoco era verdad)

Como siempre todos gozaron  de aquella ocurrencia, y las burlas no se hicieron esperar, bichos mentirosos, estaban soñando los cipotes  o la pólvora los hace alucinar.

Pero Yanira René sonrió y su corazoncito empezó a abrigar una esperanza, la navidad ya no era tan triste ¿y si Santa en verdad existe?, ¿le haría el milagro de la navidad?, solo debía desearlo con todo su ser, con toda su alma y es posible que  le escuchara, nadie tenia el corazón tan puro como el de esta pequeña, ni deseaba tanto ese obsequio , entre pasaditas y risas se llegó la media noche, Yanira Reneé dio un salto al escuchar decir -¡son las doce,  ¡Feliz Navidad! esta vez poseída por el verdadero espíritu navideño  corrió hacia la acera de su casa, sus ojitos buscaron con nerviosismo el carruaje de Santa, pero no vio nada, que decepción, solo un gato corriendo por el tejado; a punto de derramar lágrimas, bajó su cabezita y  caminó despacio, muy despacito hacia la casa, estaba por entrar cuando oyó un cascabel, y un reno resoplar, regresó a  la acera  y esta vez su carita se iluminó, sus ojitos brillaron y con la boca abierta se puso las manos sobre su cabeza, y exclamó --¡Santa eres real!, ¡en verdad existes!--, grito a su familia, -¡vengan todos santa está aquí! sobre nuestro techo, ¡Santa está aquí!,- saltando de alegría y señalando hacia el trineo,  todos llegaron pero nadie mas lo vió, las campanas de las 12 empezaron a sonar y los fuegos artificiales iluminaron la noche, los cuetes y morteros anunciaron el nacimiento del Niño Dios, y  nadie mas logró ver a Santa, solo el corazón puro de aquella niñita lo pudo ver, Santa le sonrió y con su tradicional

–jojojo- le dijo -¡Feliz Navidad Yanira Reneé!,-  -jojojo-  -¡feliz navidad!-…. 

Le guiñó un ojo y dijo las palabras mágicas a su renos y emprendió el vuelo hacia el sur, Yanira lo vio alejarse y como una estrella fugaz desaparecer en el horizonte,  entraron a la casa y en ese momento el teléfono sonó, su madre contestó, Yanira Reneé al darse cuenta que era su padre, sonrío para si y  dijo agradeciendo con todo su corazón ¡GRACIAS SANTA!…. Luego gritó a todo pulmón

- ¡Santa existe!, y  me trajo un enorme obsequio-.

El 25 de diciembre  el día de navidad los boletos de avión por fin llegaron y Yanira Reneé y su madre volaron hacia San Francisco a reunirse con su padre, y su deseo; ser una familia completa con mamá y papá juntos; al creer en la magia de la navidad, Santa y el Niño Dios se lo concedieron.

Edgardo Reyes   

viernes, 30 de noviembre de 2012

LA BRUSQUITA




El rancho de Polo quedaba allá donde empieza a trepar el volcán, al pie de unos caragos jloridos, al jaz de la vereda que lleva onde Meterio Ramos, cerca del cantón Guaruma. Entre pedrencos morados, hecho con paja de arroz y palma, el rancho miraba pa bajo, pa bajo, por encima de los grandes potreros del Derrumbadero, hasta el río Guachote quiba haciendo así, así, hasta perderse en la montaña. Encorralado en un requiebre, entre cocos y platanares, estaba el pueblo. Eran todas las casitas blancas y estaban echadas con los ojos abiertos. Como ganado arisco en desparpajo, iban allá los cerros atrompesándose unos con otros, o encaramándose al dir de brama.
La señá Manuela, la partera, dejó el guacal de café en la hornilla apagada, sobre el polvito azul de la ceniza, y con un palito encendido prendió la cabuya de su cigarro. Con un ojo apagado por el humo, le dijo a Polo para cerrar plática:

—Ve vos, yo sé lo que te digo: nuai más dolor quel de parir...

Polo asintió, con sencilla nobleza de irnorante. Se despidió la vieja y se fue; y el indio, que vivía solo allí, descolgó la guitarra, como quien apecha la tristeza sin temor; y liayudó al cielo a dir pariendo estrellas en la tarde.

                                                                      * * *
De allá de la carretera, de bien abajo, venía cargando con ella. La bían arronjado diun utomóvil. Él bíavisto el empujón y el barquinazo. Iban todos bolos y ella lloraba a gritos. Cayó en pinganiyas, y, dando una güeltereta, sembró la cara en el lodo y se quedó aletiando. Él la pepenó y, como no había dónde, se la llevó cargando al rancho; cuesta arriba, cuesta arriba, sudoso y enlodado. Ella sangriaba y sequejaba. Por dos veces la bía apiado para que arrojara. Arrojaba un piro espumoso y hediondo y diay sedesmayaba.
Entró con ella apenas; la puso en la cama y empezó a lavarle la cara con un trapo mojado. A la luz del candil vido, al ir borrando, que tenía la cara chula. El pelo lo andaba al jaz de la nuca; era blanca y suavecita, suavecita como algodón de ceiba. Cuando abrió los ojos vido que los tenía prietos y brillosos, como charcos diagua en noche de relámpagos.

                                                                      * * *
Se quedó allí mientras se curaba. Había pasado una goma feya, que le bajó con chaparro. Con la sobada que le dio en la pierna, bajó la hinchazón. Podía apenas dar pasitos, renqueando y quejándose. Pasaba todo el día tirada boca arriba en la cama, descalza su blancura y triste el negror de sus ojos que le sonreiban agradecidos. Se dormía, se dormía..., y él la veiya desde el taburete, medio envuelta en el perraje, con el pelo en la cara, acuchuyada toda ella, dándole el redondo de su cuerpo con un abandono que le hacía temblar y herver. Cuando estaba projunda, él se acercaba y se inclinaba. Guelía ansina como una jlor de no sé qué, con un perjume que mareya y que da jiebre. Pero Polo sabía, en su sencilla nobleza de irnorante, que nuay que conjundir la caridá...

                                                                       * * *
—Usté, ¿dióndés?
—¿Yo?..., de la capital... —¿Por qué la embolaron y larronjaron?...
—Por bandidos que son. Les pegué en la cara y les di de patadas y entonces me aventaron los malditos...


Polo quería decir algo, quería sacar ajuera el ñudo que se le bía hecho en la garganta; pero no salía: era como una espina de pescado y no salía más que por los ojos. Ella lo miraba sonriente. Para animarlo, le dijo:
—¿Qué no me mira que soy «brusca»?
Él no comprendió aquel término urbano. ¡Ah, si lo hubiera dicho con P, qué feliz habría sido!

—¡Qué brusca va ser usté!...

Ella respetó aquello que creyó ser una ilusión de pureza. Él sin duda la tomaba por niña.

                                                                            * * *
Se separaron en el crucero de los caminos. Allá en el plan. Se miraron fijo un rato, mientras cantaban los pijuyos. Ella le cogió las manos y se las besó, se le atrinquetió en el pecho, y ligerito, le dio un beso en la cara y se alejó renquiando. Él quedó como sembrado. Rígido como trotón de cerco, mirándoladirse, pelona y chula, chiquita y blanca. Cuando descruzó, lo voltio a mirar parándose un momento y le dijo adiós con los dedos. Él, sin juerzas casi, le meció la mano.

                                                                              * * *

Sentado en la piedra, frente al rancho, miraba baboso y juido del mundo, cómo venían, por los
potreros del Derrumbadero, los toros tardíos cabeceando y mugiendo, como si empujaran un trueno.
En la puerta del rancho la señá Manuela, la partera, cansada de hablar sola, se encumbró el último trago de café hundiendo la cara en el guacal y sentenció siempre al igual:

—Yo sé lo que te digo: nuay más dolor quel de parir...

Con sencilla amargura de irnorante, el indio dejó de hacer cruces en la arena, y de un golpe clavó con furia el corvo en el tronco del carago. Cayeron jlores.

 CUENTOS DE BARRO --SALARRUÉ--

viernes, 16 de noviembre de 2012

DE PESCA



Eran allá como las tres de la madrugada. La luna, de llena, lambía las sombras prietas en los montarrascales y en los manglares dormilones. El estero, lagunoso en su calma, era como un pedazo de espejo del día; del día ya roto. La playa lechosa, de cascajo crema, se dejaba espulgar por las suaves ondas espumíferas, que la brisa devanaba sin prisa. La isla, al otro lado del agua, se alargaba como una nube negra que flotara en aquel cielo diáfano, mitad cielo, mitad estero. Las estrellas pintaban en ambos cielos. El mar, a lo lejos, roncaba adormilado por la frescura del aire y la claridad del mundo. Un cordón de aves blancas pasó, silencioso y ondulante como una culebra de luna.
De la mediagua oscura, salió a la playa un indio. Llevaba desnudo el torso, los calzones arremangados sobre las rodillas; se desperezaba, como queriendo echar al suelo el fardo del sueño. La arena, al ser hollada por lo anchos pies descalzos, mascaba el silencio. Miró las estrellas con los ojos fruncidos. Se espantó los mosquitos, miró el agua platera y regresó al rancho.

—Son ya mero las tres, vos... ¿Nos vamos?

Una especie de aullido de pereza le contestó. Luego, la voz atecomatada del compañero respondió:

—Ai veya, mano...
 —Amonóos... 

Los indios, hurgando en la sombra del caedizo, escogieron los utensilios y fueron trasladándose al bote. El bote dormía, encallado, mitad en el agua, mitad en la arena. Un chucho prieto iba y venía husmeando el viaje. Por efecto del silencio del agua, de la luz, del cielo bajero, el mundo todo parecía palpitar, cabecear como un barco en marcha. Los pocuyos, despenicados en la inmensidad, arrullaban la cuna de la noche con su triste «oíeo, oíeo, oíeo», que sonaba intermitente, como la paletada blanda del remo que va, va, va... sin prisa y sin ruido.

—Ya va ser parada diagua, vos.
—Ya paró, mano.
—¡Aligere, pué!...

Despegaron el bote a empujones y pujidos. El bote coleó, libre, descantillándose tantito y revolviendo la plata de la luna en desparpajos. Hundidos hasta las piernas, aún empujaron. Luego semetierondentro y se dejaron llevar por el tranquil del agua parada. Era el cambio de marea; las corrientes que entraban al estero, fatigadas de ir buscando mundo, descansaban un momento, antes de regresar al mar abierto. Entonces el peje abismado venía arriba, flordeaguando, y buscaba la calma de las ramazones y de los bancos. Ligeros colazos de zafiro indicaban ya el punto del agua. Las sombras rojizas de los parvos pasaban, esquivando el peligro, avisados por el lánguido paleteo del canalete.
En fraterno silencio los indios cruzaban el agua como si volaran entre dos cielos. En la proa, ávida de espacio, el uno empujaba con la pértiga negra y larga que subía y bajaba rítmicamente, sincronizando con el manosear del canalete, que el otro indio manejaba en la popa, acurrucado y friolento. En el centro del bote el chucho, sentado, miraba tímidamente los cacharros del cebo.

—¡Qué friyo, vos!...
—¡Ajú!...
—¿Vamos al ramazal de la bocana?
—Como quiera, mano.

Los ramazales emergían del agua purísima como inmensas arañas negras. Dos, tres, cuatro...,quedaban atrás. Al pasar rondando un tronco, el raizal projundo barzonió el bote, afligiéndolo. Con hábil punteo, salieron del paso.

—¡No se arrime mucho, mano!

Torcieron hacia el sur; a poca distancia del ramazal echaron el fondo y quedaron inmóviles. Poco tiempo después arrojaban los anzuelos. Con rápido ademán los lanzaban al aire. La pita hacía una larga parábola, y el plomo se hundía allá, con un ligero "chukuz". Luego el cordel se quedaba ondulando encima y poco a poco se abismaba. Quedaban a la expectativa. Habían encendido los puros y jumaban, acurrucados.

—¿Pican, mano?
—No quieren picar.
—Ya me punteyan. vos.
—¿Eh...?
—Es bagre, de juro. Estos chingados sian de ber llevado la chimbera.

La chimbera era el cebo. El indio sacó el anzuelo, de jalón en jalón. Por fin sobreaguó el plomo
negruzco. Se habían llevado el bocado.

--¿Lo vido? Son esos babosos bagres, vos.
—Si quiere nos hacemos al lado de la isla.

Iba a sacar su cordel, cuando un fuerte tirón, que ladeó el bote, les advirtió de una presa mayor.

—¡Jale, mano; debe ser «mero»!

El indio tiró con todas sus fuerzas.

—¡Ya mero revienta este jodido!

Llegó el otro a ayudarle. Tiraron penosamente. El bote cimbraba, voltión. En la cola de un espumarajo surgió de pronto una sombra enorme, que arrollaba la linfa con ímpetus de marejada. La luz nerviosa le mordía en redor.

—¡A la ronca, mano, es tiburón!
—¡Y del fiero, vos!
—¿Lo encaramamos?
—¡Déjelo dir, chero, nos puede joder al chucho!
—¿Guá perder mi anzuelo?...
—¿Qué siarremedia? 

Un coletazo formidable hizo crujir el bote. El chucho buscaba fijo, abriendo las cuatro patas y hundiendo la cola. Soltaron. Se apercoyaron a las bordas y trataron de nivelar. Un segundo coletazo ladeó el bote. Dos sombras eseantes atacaban con furia.
¡Levante el fondo ligero!

—¡Aguárdese!

Un tercer coletazo echó de bruces al indio que tiraba del fondo. La caída hizo volcarse al bote; hubo un griterío salvaje; las colas golpeaban en la cáscara del bote como en un tambor. Grandes rosas de espuma se fugaban en círculos, empurpurando la plata mansa. Después, todo quedó quieto

                                                                                  * * *

Agrupados en la orilla, los moradores del valle escrutaban la noche. Los gritos habían levantado a las gentes. La ña Gerónima, gorda y grasienta, con su delantal de cuadros azules, comentaba temblorosa.

—¡Avemariapurísima!...

Los viejos de quijada de plomo cabeceaban, como diciendo:

—Pa que veyan...

Los cipotes abrían sus bocas y se acurrucaban, para descansar las barrigas enormes.

— Esos han sido los Garciya.
—O los Munto.

—Hilario y Cosme, quizá...
—A saber si jue Mincho de la señá Fabiana.
—Sí, pué... 

El día venía abriendo rápido, con ambas manos, los azules del Azul. La luna, marchita ya, se arrinconaba en la montaña. Las ondas de la vaciante tráiban orito en la punta. El manglar se había separado del paisaje, tomando su cuerpo. La isla verdegueaba, y la fragancia de la mañana venía mera cargada.
De pronto, se vio una estela que flechaba hacia la orilla. Todos quedaron en suspenso. Un perro negro llegaba jadeante, aclarando el misterio de la tragedia. Salió de un último pechazo a la orilla; meneó el rabo; se sacudió bruscamente la gloria del sol, y no dijo nada.

CUENTOS DE BARRO --SALARRUÉ--