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miércoles, 10 de julio de 2013

JUANA PANCHA

Escrito por: Edgardo Reyes
Se dice que nació el día que tenía que nacer, en la cumbre del cerro conocido como “Cerro Juana Pancha”, Juana Francisca Callejas, por todos conocida como la Juana Pancha.

Dotada de una aguda inteligencia, los dioses la colmaron de grandes dones físicos, así se convierte en la mujer más bella de la región, su figura simplemente embelesa a  los hombres.

Un poderoso brujo se enamora perdidamente de la joven, intentó seducirla, loco de amor y deseo, pone en juego todo su poder y astucia, pero es rechazado con mofa. Esto traerá a Juana Pancha el infortunio  ya que el brujo nigromante la condena a jamás conocer el verdadero amor.


Los años pasan y Juana Pancha viaja sola por los caminos de la vida sin conocer el amor; al sentirse el juguete de los hombres. La tristeza, el resentimiento y el dolor se anidan en su corazón, dando inicio a una vida de pillaje y pasó a ser aliada de la luna y de la noche.

Con la maldición Juana Pancha había heredado poderes de las sombras; volaba por lo cielos, viajaba en el lomo de bestias salvajes, visitaba la casa de los señores pudientes y en silencio sustraía todos sus tesoros, los cofres finamente talladas ceden sin necesidad de llave y obsequian a Juana Pancha sus estuches forrados de terciopelo, llenos de aretes, pulseras, gargantillas y abundantes monedas de plata y oro.


Un excesivo resentimiento rebosa el corazón de Juana Pancha, aqui empieza también a robar almas y para ese fin, se le aparece a los hombres con su deslumbrante belleza, les guiña un ojo y con su dulce y picaresca sonrisa los hechiza, conduciéndolos a su cueva, cuentan que se te aparece y empieza a caminar despacio, te voltea a ver y sonríe, suplicándote con su coqueto caminar que la sigas, todos caen al hechizo  y cuando están por alcanzarla, en un pispilear de ojos ya no esta, la ves nuevamente al alcance  y sientes un susurro en tu oído que apasionadamente te ruega ven… sígueme… luego una risita maliciosa hace vibrar tu alma. La gran sorpresa es al llegar a la cueva, La tierna criatura se convierte en algo indescriptible, un abominable ser; sus dientes de perla, ahora parecen de lobo hambriento, su dulce sonrisa, una mueca de espanto, y su susurro un alarido que te congela la sangre y te paraliza de pies a cabeza, una vez frente a ella, imposible escapar, sientes las piernas gruesas y pesadas, como si tu cuerpo tuviera que mover las patas de la manyula. Luego nadie sabe de ti.

Al perderse varios jóvenes del pueblo, las sospechas van directamente a Juana Pancha; los hechiceros blancos se reunieron y decidieron librarla del mal. Logran llegar a la cueva, se respira un viento hediondo y se escucha un chillido muy extraño, una terrible tempestad se desata, relámpagos cegadores y mil rayos descargan su furia  iluminando la noche; los brujos  logran hacer un cerco mágico y con poderosos conjuros, luego de una dura batalla contra aquel espanto, sellan la puerta de la cueva.

Aunque dejan una salida para aquella bella mujer que había sido castigada por el destino. Si un buen hombre llega a su cueva y acampa en ella toda la noche de un viernes santo, sin inmutarse por lo que vea o escuche,  las cadenas de la maldición se romperán y Juana Pancha será liberada con toda su belleza y sus tesoros acumulados en oro y joyas preciosas. ¿Te atreves?


Edgardo Reyes

  DERECHOS DE AUTOR RESERVADOS Si desea compartirlo en su blog o página puede hacerlo siempre que de el crédito al escritor y al blog cuentosleyendasmitos.blogspot.com

lunes, 8 de julio de 2013

LA SIGUANABA




 Escrito por: Edgardo Reyes
Faustino Gamuza era un verdadero tunante, el picaflor mas atrevido del pueblo, tenia el orgullo que ninguna cipota chula se le había escapado, siempre sucumben a sus encantos.

                                                             ***

Eran la fiestas patronales en honor al Divino San José, el 19 de marzo, día principal todo el pueblo disfruta de los juegos mecánicos, la Chicago y la chicagüita, el tiovivo, y las sillas voladoras, sacan gritos de alegría y muchas risas a grandes y pequeños.

A las 9:00 de la noche empezaba el regio baile, con la pulum pulum, las muchachas mas bellas del pueblo no podían faltar, muy bien arregladitas lucían sus mejores trajes para la ocasión.

Los ojitos de Faustino no dejaban de brillar al ver pasar tanta chulada, parecía que llovía mujeres hermosas, dondequiera que volteará el pescuezo, se miraba una mujer preciosa, Todos entraron al baile y el pum, pum, pump pump destemplado empezó a amenizar el baile, la parejas comenzaron a mover el esqueleto, otros para quitar el frío pedían su ponche bien cargado, o su guacal de chaparro.

Una de las muchachas mas lindas del pueblo, le hacia ojitos a Faustino y este ni lerdo ni perezoso, se le acerco para chulearla, a decirle palabras dulces al oído, con la melodía de fondo se dejaron llevar y con el encanto de la noche las palabras del picaflor llenaban de gozo a esta chica; pero su hermano los pillo y como tenia enemistad con Faustino le llegó a reclamar.

--Tino deja en paz a mi hermana o te las veras conmigo.--

Con los tragos por dentro y con el calor de la discusión se armo la riña, los trompones empezaron a sonar por todos lados, hasta quien no lo debía si estaba en medio se llevo su par de ganchadas. Llegó la choricera, arresto a los revoltosos y los llevó directo a chirona. Por ser personas conocidas una hora después los dejaron libres, con la condición de no regresar al baile.

Faustino, un hombre de palabra, aceptó a regañadientes; fue a buscar su caballo y emprendió la marcha para su cantón, estaba cerca del pueblo, a unos 5 kilómetros, al cabalgar por las veredas, recordó que en su alforja llevaba una botellita para cualquier emergencia, y se hecho un buen trago, siguió su camino cantando. Sintiendo pena por haber dejado escapar aquella mujer hermosa…. “Ya caerá… pensó, esta no se me escapa”.


                                                                ***


Al acercarse al río, por la senda de los guarumos, escuchó risas de mujer y como si alguien lavara ropa y la golpeara contra las piedras.

---Tooooo---- detuvo su caballo, desmontó y se dirigió sigilosamente donde se originaba el ruido.... su sorpresa fue monumental cuando con la claridad de la luna pudo distinguir un cuerpo femenino, estaba de espalda con el agua hasta la cintura lavando en las claras aguas del río, al darse la vuelta, Faustino pudo mirar de frente a la mujer mas bella que sus ojos habían visto, su asombro fue mayor al acercarse y ver sus facciones, era Esmeralda, la culpable de haber conocido la cárcel esa noche, la mujer al ver un hombre acercarse, corrió hacia la orilla y rápidamente se vistió.

---Faustino le gritó --Espera soy yo, Faustino, nos conocimos en el baile.

Se detuvo, sonrío, pero no le dio la cara, Faustino se le acerco, la abrazo por la espalda y le susurró al oído,

--quieres venir conmigo al rancho.--

La mujer asintió, agarro su mano y caminaron juntos hacia el caballo, le pareció curioso que está llevará el pelo alborotado sobre el rostro y no dejará ver claramente sus facciones, pero pudo mas la lujuria, al llegar al caballo; el animal relincha, cabecea y retrocede, trata de esquivar a la pareja, pero estando atado a un árbol de guarumo le es imposible huir, empezó a bufar y dar vueltas a través del árbol, Faustino lo toma por la rienda.

---tooooo---tooooo---- ¿que te pasa?-- le da palmadas para calmarlo,--  
      no seas payaso y respeta a la dama... 
---toooooo--- ---toooo---- 

El caballo relincha, resopla con furor, se encabrita, pero Faustino no dedujo nada; lo agarro fuertemente de las riendas y lo montó, no supo como pero la mujer ya estaba encaramada en ancas, y lo tomó fuertemente por la cintura; el caballo corre desbocado, Faustino no lo podía detener, a medio camino sintió olor a muerto,  se percato de las tremendas uñas que se le clavan en la cintura, unos filosos dientes en su nuca, una terrible pestilencia se apodero del ambiente, el caballo seguía desbocado, tratando de sacudirse la carga macabra, al llegar a un claro de la vereda, la luz de la luna alumbra en todo su esplendor, Faustino clava la mirada  hacia abajo y ya no vio aquellos delicados pies, sino una garras de tecolote, metida en los ijares del animal, en su abdomen unas manos llenas de arrugas, con tremendas uñas encarnadas en su panza, sintió, por la espalda resbalándole la baba que soltaba el terrible engendro, al mirar atrás su espanto fue mayor al ver transformado aquel bello rostro en una careta cadavérica, con tremendos ojos rojos saltones, dientes y colmillos tártaros y pestilentes que le sonreían, y aquellos descomunales pechos que caían mas abajo de la montura, Faustino pego un tremendo grito que resonó por todos los cerros.

--Dios mío, líbrame, esta es LA SIGUA.....

Trato de deshacerse de ella dándole azotes con la rienda en la espalda pero lo único que consiguió fue que la siguanaba clavará sus dientes y las uñas en su espalda. Una risa venida de ultratumba le resonó en los oídos, un terrorífico frío se apoderó de su cuerpo, los pelos se le erizaron, (incluso puede jurar que los del caballo también), la risa no cesaba, su cuerpo se iva debilitando, el caballo seguía desbocado, de pronto recordó que llevaba un puro en la bolsa de la camisa, lo había curado precisamente para la ocasión, lo saco, lo mordisqueo, empezó a mascar y rebozar en todo su cuerpo y el de su caballo, de pronto solo sintió unas uñas como navajas desgarrando su camisa por la espalda, y la risa infernal se fue disolviendo a lo lejos, cada vez mas lejos... solo quedo en su cabeza como un eco.

                                                           ***


Faustino no recuerda como llego a su casa; paso una semana con fiebre alta, diciendo incoherencias, la curandera le hizo los baños para espantar a los malos espíritus, fue sanado de su alma, su cuerpo, su casa y su caballo. Ya recuperado les narra su historia para que no les suceda lo mismo, el picaflor aprendió la lección, ahora solo piensa en casarse y formar un hogar.

Un cuento de: Edgardo Reyes 

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sábado, 29 de diciembre de 2012

YANIRA RENEÉ Y EL MILAGRO DE NAVIDAD




Escrito por: Edgardo Reyes
Amaneció el 24 de diciembre, en la víspera de navidad, todos están felices al llegar la noche buena, la fiesta se llena de obsequios y se vuelve  mágica para cada niño del planeta.

Aunque esta noche una niña se encuentra muy triste, su familia no esta completa; sus padres están separados, no por falta de amor, sino por culpa del destino, su padre había viajado en busca de nuevas oportunidades hacia los Estados Unidos, dejando en El Salvador a sus seres queridos, su esposa y su pequeña hijita Yanira Reneé, quien nunca abandonó la fe y en su corazoncito anidaba la esperanza que aquella noche llena de amor y milagros le traería su obsequio mas deseado;  la niña era una fiel creyente de la magia de la navidad pero esta vez el espíritu navideño no lograba abrazarla.

Ese día transcurrió entre las carreras de siempre, su madre haciendo compras de último momento, los preparativos de la cena para disfrutar con la familia, pero Yanira Reneé por primera vez en su vida no  logro contagiarse con el espíritu de las navidades.

Llegó la noche y la familia se reúne, los tíos  juntos con los primos llegaban felices esperando las 12 para destapar sus obsequios, a las 11 de la noche todos  se reúnen en la mesa con su ponche en mano para narrar historias en familia, su madre y su tío; contaron aquella historia que siempre repetían una y otra vez, pero que Yanira Reneé por alguna razón nunca había escuchado, esta vez puso mucha atención al relato,

“-Pues si- dijo su madre -nadie nos cree… pero esa navidad, cuando yo tenía unos 8 años y escuché ruidos en el techo de la casa, Salí corriendo al jardín         ¿ y…  que creen?  ¡Santa estaba allí!  su trineo estacionado  en el techo  y el señor gordo bajaba a entregarnos los regalos, nadie quiso creer en ese entonces, ni nadie me cree ahora,  pero digo la verdad.

-Todo es cierto- dijo el tío,  yo no vi a Santa, pero si la parte trasera del trineo cuando se fue volando dejando la casa.

Como siempre todos gozaron  de aquella ocurrencia, y las burlas no se hicieron esperar, seguian de  bichos mentirosos, lo soñaron los cipotes  o la pólvora los hace alucinar.

Pero Yanira René sonrió y su corazoncito empezó a abrigar una esperanza, la navidad ya no era tan triste ¿y si Santa en verdad existe?, ¿le haría el milagro de la navidad?, solo debía desearlo con todo su ser, con toda su alma y es posible que  le escuchara, nadie tenia el corazón tan puro como el de esta pequeña, ni deseaba tanto ese obsequio , entre pasaditas y risas se llegó la media noche, Yanira Reneé dio un salto al escuchar decir -¡son las doce,  ¡Feliz Navidad! esta vez poseída por el verdadero espíritu navideño  corrió hacia la acera de su casa, sus ojitos buscaron con nerviosismo el carruaje de Santa, pero no vio nada, que decepción, solo un gato corriendo por el tejado; a punto de derramar lágrimas, bajó su cabezita y  caminó despacio, muy despacito hacia la casa, estaba por entrar cuando oyó un cascabel, y un reno resoplar, regresó a  la acera  y esta vez su carita se iluminó, sus ojitos brillaron y con la boca abierta se puso las manos sobre su cabeza, y exclamó --¡Santa eres real!, ¡en verdad existes!--, grito a su familia, -¡vengan todos santa está aquí! sobre nuestro techo, ¡Santa está aquí!,- saltando de alegría y señalando hacia el trineo,  todos llegaron pero nadie mas lo vió, las campanas de las 12 empezaron a sonar y los fuegos artificiales iluminaron la noche, los cuetes y morteros anunciaron el nacimiento del Niño Dios, y  nadie mas logró ver a Santa, solo el corazón puro de aquella niñita lo pudo ver, Santa le sonrió y con su tradicional

–jojojo- le dijo -¡Feliz Navidad Yanira Reneé!,-  -jojojo-  -¡feliz navidad!-…. 

Le guiñó un ojo y dijo las palabras mágicas a su renos y emprendió el vuelo hacia el sur, Yanira lo vio alejarse y como una estrella fugaz desaparecer en el horizonte,  entraron a la casa y en ese momento el teléfono sonó, su madre contestó, Yanira Reneé al darse cuenta que era su padre, sonrío para si y  dijo agradeciendo con todo su corazón ¡GRACIAS SANTA!…. Luego gritó a todo pulmón

- ¡Santa existe!, y  me trajo un enorme obsequio-.

El 25 de diciembre  el día de navidad los boletos de avión por fin llegaron y Yanira Reneé y su madre volaron hacia San Francisco a reunirse con su padre, y su deseo; ser una familia completa con mamá y papá juntos; al creer en la magia de la navidad, Santa y el Niño Dios se lo concedieron.

Por Edgardo Reyes 

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viernes, 30 de noviembre de 2012

LA BRUSQUITA




El rancho de Polo quedaba allá donde empieza a trepar el volcán, al pie de unos caragos jloridos, al jaz de la vereda que lleva onde Meterio Ramos, cerca del cantón Guaruma. Entre pedrencos morados, hecho con paja de arroz y palma, el rancho miraba pa bajo, pa bajo, por encima de los grandes potreros del Derrumbadero, hasta el río Guachote quiba haciendo así, así, hasta perderse en la montaña. Encorralado en un requiebre, entre cocos y platanares, estaba el pueblo. Eran todas las casitas blancas y estaban echadas con los ojos abiertos. Como ganado arisco en desparpajo, iban allá los cerros atrompesándose unos con otros, o encaramándose al dir de brama.
La señá Manuela, la partera, dejó el guacal de café en la hornilla apagada, sobre el polvito azul de la ceniza, y con un palito encendido prendió la cabuya de su cigarro. Con un ojo apagado por el humo, le dijo a Polo para cerrar plática:

—Ve vos, yo sé lo que te digo: nuai más dolor quel de parir...

Polo asintió, con sencilla nobleza de irnorante. Se despidió la vieja y se fue; y el indio, que vivía solo allí, descolgó la guitarra, como quien apecha la tristeza sin temor; y liayudó al cielo a dir pariendo estrellas en la tarde.

                                                                      * * *
De allá de la carretera, de bien abajo, venía cargando con ella. La bían arronjado diun utomóvil. Él bíavisto el empujón y el barquinazo. Iban todos bolos y ella lloraba a gritos. Cayó en pinganiyas, y, dando una güeltereta, sembró la cara en el lodo y se quedó aletiando. Él la pepenó y, como no había dónde, se la llevó cargando al rancho; cuesta arriba, cuesta arriba, sudoso y enlodado. Ella sangriaba y sequejaba. Por dos veces la bía apiado para que arrojara. Arrojaba un piro espumoso y hediondo y diay sedesmayaba.
Entró con ella apenas; la puso en la cama y empezó a lavarle la cara con un trapo mojado. A la luz del candil vido, al ir borrando, que tenía la cara chula. El pelo lo andaba al jaz de la nuca; era blanca y suavecita, suavecita como algodón de ceiba. Cuando abrió los ojos vido que los tenía prietos y brillosos, como charcos diagua en noche de relámpagos.

                                                                      * * *
Se quedó allí mientras se curaba. Había pasado una goma feya, que le bajó con chaparro. Con la sobada que le dio en la pierna, bajó la hinchazón. Podía apenas dar pasitos, renqueando y quejándose. Pasaba todo el día tirada boca arriba en la cama, descalza su blancura y triste el negror de sus ojos que le sonreiban agradecidos. Se dormía, se dormía..., y él la veiya desde el taburete, medio envuelta en el perraje, con el pelo en la cara, acuchuyada toda ella, dándole el redondo de su cuerpo con un abandono que le hacía temblar y herver. Cuando estaba projunda, él se acercaba y se inclinaba. Guelía ansina como una jlor de no sé qué, con un perjume que mareya y que da jiebre. Pero Polo sabía, en su sencilla nobleza de irnorante, que nuay que conjundir la caridá...

                                                                       * * *
—Usté, ¿dióndés?
—¿Yo?..., de la capital... —¿Por qué la embolaron y larronjaron?...
—Por bandidos que son. Les pegué en la cara y les di de patadas y entonces me aventaron los malditos...


Polo quería decir algo, quería sacar ajuera el ñudo que se le bía hecho en la garganta; pero no salía: era como una espina de pescado y no salía más que por los ojos. Ella lo miraba sonriente. Para animarlo, le dijo:
—¿Qué no me mira que soy «brusca»?
Él no comprendió aquel término urbano. ¡Ah, si lo hubiera dicho con P, qué feliz habría sido!

—¡Qué brusca va ser usté!...

Ella respetó aquello que creyó ser una ilusión de pureza. Él sin duda la tomaba por niña.

                                                                            * * *
Se separaron en el crucero de los caminos. Allá en el plan. Se miraron fijo un rato, mientras cantaban los pijuyos. Ella le cogió las manos y se las besó, se le atrinquetió en el pecho, y ligerito, le dio un beso en la cara y se alejó renquiando. Él quedó como sembrado. Rígido como trotón de cerco, mirándoladirse, pelona y chula, chiquita y blanca. Cuando descruzó, lo voltio a mirar parándose un momento y le dijo adiós con los dedos. Él, sin juerzas casi, le meció la mano.

                                                                              * * *

Sentado en la piedra, frente al rancho, miraba baboso y juido del mundo, cómo venían, por los
potreros del Derrumbadero, los toros tardíos cabeceando y mugiendo, como si empujaran un trueno.
En la puerta del rancho la señá Manuela, la partera, cansada de hablar sola, se encumbró el último trago de café hundiendo la cara en el guacal y sentenció siempre al igual:

—Yo sé lo que te digo: nuay más dolor quel de parir...

Con sencilla amargura de irnorante, el indio dejó de hacer cruces en la arena, y de un golpe clavó con furia el corvo en el tronco del carago. Cayeron jlores.

 CUENTOS DE BARRO --SALARRUÉ--

viernes, 16 de noviembre de 2012

DE PESCA



Eran allá como las tres de la madrugada. La luna, de llena, lambía las sombras prietas en los montarrascales y en los manglares dormilones. El estero, lagunoso en su calma, era como un pedazo de espejo del día; del día ya roto. La playa lechosa, de cascajo crema, se dejaba espulgar por las suaves ondas espumíferas, que la brisa devanaba sin prisa. La isla, al otro lado del agua, se alargaba como una nube negra que flotara en aquel cielo diáfano, mitad cielo, mitad estero. Las estrellas pintaban en ambos cielos. El mar, a lo lejos, roncaba adormilado por la frescura del aire y la claridad del mundo. Un cordón de aves blancas pasó, silencioso y ondulante como una culebra de luna.
De la mediagua oscura, salió a la playa un indio. Llevaba desnudo el torso, los calzones arremangados sobre las rodillas; se desperezaba, como queriendo echar al suelo el fardo del sueño. La arena, al ser hollada por lo anchos pies descalzos, mascaba el silencio. Miró las estrellas con los ojos fruncidos. Se espantó los mosquitos, miró el agua platera y regresó al rancho.

—Son ya mero las tres, vos... ¿Nos vamos?

Una especie de aullido de pereza le contestó. Luego, la voz atecomatada del compañero respondió:

—Ai veya, mano...
 —Amonóos... 

Los indios, hurgando en la sombra del caedizo, escogieron los utensilios y fueron trasladándose al bote. El bote dormía, encallado, mitad en el agua, mitad en la arena. Un chucho prieto iba y venía husmeando el viaje. Por efecto del silencio del agua, de la luz, del cielo bajero, el mundo todo parecía palpitar, cabecear como un barco en marcha. Los pocuyos, despenicados en la inmensidad, arrullaban la cuna de la noche con su triste «oíeo, oíeo, oíeo», que sonaba intermitente, como la paletada blanda del remo que va, va, va... sin prisa y sin ruido.

—Ya va ser parada diagua, vos.
—Ya paró, mano.
—¡Aligere, pué!...

Despegaron el bote a empujones y pujidos. El bote coleó, libre, descantillándose tantito y revolviendo la plata de la luna en desparpajos. Hundidos hasta las piernas, aún empujaron. Luego semetierondentro y se dejaron llevar por el tranquil del agua parada. Era el cambio de marea; las corrientes que entraban al estero, fatigadas de ir buscando mundo, descansaban un momento, antes de regresar al mar abierto. Entonces el peje abismado venía arriba, flordeaguando, y buscaba la calma de las ramazones y de los bancos. Ligeros colazos de zafiro indicaban ya el punto del agua. Las sombras rojizas de los parvos pasaban, esquivando el peligro, avisados por el lánguido paleteo del canalete.
En fraterno silencio los indios cruzaban el agua como si volaran entre dos cielos. En la proa, ávida de espacio, el uno empujaba con la pértiga negra y larga que subía y bajaba rítmicamente, sincronizando con el manosear del canalete, que el otro indio manejaba en la popa, acurrucado y friolento. En el centro del bote el chucho, sentado, miraba tímidamente los cacharros del cebo.

—¡Qué friyo, vos!...
—¡Ajú!...
—¿Vamos al ramazal de la bocana?
—Como quiera, mano.

Los ramazales emergían del agua purísima como inmensas arañas negras. Dos, tres, cuatro...,quedaban atrás. Al pasar rondando un tronco, el raizal projundo barzonió el bote, afligiéndolo. Con hábil punteo, salieron del paso.

—¡No se arrime mucho, mano!

Torcieron hacia el sur; a poca distancia del ramazal echaron el fondo y quedaron inmóviles. Poco tiempo después arrojaban los anzuelos. Con rápido ademán los lanzaban al aire. La pita hacía una larga parábola, y el plomo se hundía allá, con un ligero "chukuz". Luego el cordel se quedaba ondulando encima y poco a poco se abismaba. Quedaban a la expectativa. Habían encendido los puros y jumaban, acurrucados.

—¿Pican, mano?
—No quieren picar.
—Ya me punteyan. vos.
—¿Eh...?
—Es bagre, de juro. Estos chingados sian de ber llevado la chimbera.

La chimbera era el cebo. El indio sacó el anzuelo, de jalón en jalón. Por fin sobreaguó el plomo
negruzco. Se habían llevado el bocado.

--¿Lo vido? Son esos babosos bagres, vos.
—Si quiere nos hacemos al lado de la isla.

Iba a sacar su cordel, cuando un fuerte tirón, que ladeó el bote, les advirtió de una presa mayor.

—¡Jale, mano; debe ser «mero»!

El indio tiró con todas sus fuerzas.

—¡Ya mero revienta este jodido!

Llegó el otro a ayudarle. Tiraron penosamente. El bote cimbraba, voltión. En la cola de un espumarajo surgió de pronto una sombra enorme, que arrollaba la linfa con ímpetus de marejada. La luz nerviosa le mordía en redor.

—¡A la ronca, mano, es tiburón!
—¡Y del fiero, vos!
—¿Lo encaramamos?
—¡Déjelo dir, chero, nos puede joder al chucho!
—¿Guá perder mi anzuelo?...
—¿Qué siarremedia? 

Un coletazo formidable hizo crujir el bote. El chucho buscaba fijo, abriendo las cuatro patas y hundiendo la cola. Soltaron. Se apercoyaron a las bordas y trataron de nivelar. Un segundo coletazo ladeó el bote. Dos sombras eseantes atacaban con furia.
¡Levante el fondo ligero!

—¡Aguárdese!

Un tercer coletazo echó de bruces al indio que tiraba del fondo. La caída hizo volcarse al bote; hubo un griterío salvaje; las colas golpeaban en la cáscara del bote como en un tambor. Grandes rosas de espuma se fugaban en círculos, empurpurando la plata mansa. Después, todo quedó quieto

                                                                                  * * *

Agrupados en la orilla, los moradores del valle escrutaban la noche. Los gritos habían levantado a las gentes. La ña Gerónima, gorda y grasienta, con su delantal de cuadros azules, comentaba temblorosa.

—¡Avemariapurísima!...

Los viejos de quijada de plomo cabeceaban, como diciendo:

—Pa que veyan...

Los cipotes abrían sus bocas y se acurrucaban, para descansar las barrigas enormes.

— Esos han sido los Garciya.
—O los Munto.

—Hilario y Cosme, quizá...
—A saber si jue Mincho de la señá Fabiana.
—Sí, pué... 

El día venía abriendo rápido, con ambas manos, los azules del Azul. La luna, marchita ya, se arrinconaba en la montaña. Las ondas de la vaciante tráiban orito en la punta. El manglar se había separado del paisaje, tomando su cuerpo. La isla verdegueaba, y la fragancia de la mañana venía mera cargada.
De pronto, se vio una estela que flechaba hacia la orilla. Todos quedaron en suspenso. Un perro negro llegaba jadeante, aclarando el misterio de la tragedia. Salió de un último pechazo a la orilla; meneó el rabo; se sacudió bruscamente la gloria del sol, y no dijo nada.

CUENTOS DE BARRO --SALARRUÉ--


jueves, 25 de octubre de 2012

EN LA LINEA


EN LA LINEA CUENTOS DE BARRO

Todos los días pasaba la ciudad cuatro veces, dos de ida, dos de vuelta. Paraba allí un momento, con su vocerío y su vender y comprar, con su cosa de clases y alcurnias y con sus lenguas exóticas. Cuando se alejaba la estación quedaba otra vez en el grato abandono del campo, solita a la sombra de la montaña, con sus plátanos de hojas dormilonas en la brisa, y sus madrecacaos vestidos de encaje. La paz contaba gotas en el vertidero cercano, entre quequeshques de grandes hojas, envidiadas por el elefante negro del tanque bebedero, que no tenía orejas para sacudirse los mosquitos. Cuando el tren se había perdido en el recodo; cuando sólo se oía ya el rodar sordo de torrentera y apenas, al cruzar un corte lejano, se miraba el bíceps apurado de la locomotora color de clarinero, que iba hundiéndose en el viento con su cola de rojo-quemado, la sombra enfrente de la estación se hacía más ancha y más fresca, volvían a oírse los gallos y el chiflido del viento en los alambres del teléfono. El volcán estaba enfrente, enmontañado y silencioso; las nubes inclinadas miraban indolentes, perezosas y adormiladas los cuadritos de los sembrados y aradas; y en la oquedad de la casita de madera y lámina se oía el aparatito del telégrafo, picando letras, como paloma mensajera de ávido buche.
Había detrás una hortaliza que el viejo Jefe de Estación, lampiño y célibe, regaba balanceando la regadera con la unción de quien fumiga un altar. Un mozo dormía despernancado en la banca de la plataforma; y allá, junto al cerco del potrero, que se perdía en lejanas hondonadas, un caballo blanco dormitaba de pie, esperando la caricia cuotidiana del viejo, quien al pasar con la regadera vacía, le palmeaba la tabla reluciente del cuello.

Había para el Jefe de Estación largas horas de recreo, como para los niños de escuela. Él jugaba entonces a regar; a sembrar nuevas eras; a llenar el filtro; a poner fruta en la jaula de las chiltotas; a cogerla toalla, el guacal de lata y el jabón diolor y meterse en la caseta de lámina sin techo, donde había un barril de hierro rebalsando de frescura; a sentarse en la perezosa de lona mugrienta, para leer con sus anteojos rajados el diario tardío; a contemplar, puesto en jarras y la cabeza echada a la espalda, como pasaban las manchas de pericos bulliciosos, o a dormir en la hamaquita, con sueño alígero de cumplidor de deberes. Era un buen hombre y un hombre feliz.

                                                                           ***
Un día, acababa de nacer la manada de pollos, cuando no había aún llegado el primer tren, mientras se sacaba de la planta del pie una espina de ishcanal que le había atravesado la suela, sonó el timbre del teléfono. Renqueando se acercó al aparato y dio varias vueltas a aquella manivela, que zumbaba siempre como abejorro de alarma que acongoja el corazón. Le hablaban de la estación terminal, y de orden del Gerente pasaría el lunes a otra estación.

Colgó el audífono con la lentitud y parsimonia de quien coloca una corona sobre una tumba. Todo aquel amor del paisaje y del hogar estaba destruido; destruido como por un huracán, como por un terremoto, como por un incendio, sin que pasara nada... Cuando el pito del tren sonó en la distancia, él lo confundió con un sollozo demasiado retenido, que se hace grito en las entrañas. Luego comprendió. Se enjugó los ojos con la manga negra; hizo, a su pesar, unos cuantos pucheros con su boca sin dientes, y se preparó a recibir el convoy, la ciudad errante de los que no comprenden ni aprecian la paz y la soledad.

CUENTOS DE BARRO --SALARRUÉ--

sábado, 20 de octubre de 2012

LA BOTIJA


LA BOTIJA CUENTOS DE BARRO SALARRUE

José Pashaca era un cuerpo tirado en un cuero; el cuero era un cuero tirado en un rancho; el rancho era un rancho tirado en una ladera.
Petrona Pulunto era la nana de aquella boca:
—¡Hijo: abrí los ojos; ya hasta la color de que los tenés se me olvidó!
José Pashaca pujaba, y a lo mucho encogía la pata.
—¿Qué quiere, mama?
¡Qués nicesario que tioficiés en algo, ya tas indio entero!
—¡Agüén!...
Algo se regeneró el holgazán: de dormir pasó a estar triste, bostezando.
Un día entró Ulogío Isho con un cuenterete. Era un como sapo de piedra, que se había hallado arando. Tenía el sapo un collar de pelotitas y tres hoyos: uno en la boca y dos en los ojos.
—¡Qué feyo este baboso! —llegó diciendo. Se carcajeaba—; ¡meramente el tuerto Cande!... Y lo dejó, para que jugaran los cipotes de la María Elena.
Pero a los dos días llegó el anciano Bashuto, y en viendo el sapo dijo:
—Estas cositas son obra denantes, de los agüelos de nosotros. En las aradas se incuentran catizumbadas. También se hallan botijas llenas dioro.
José Pashaca se dignó arrugar el pellejo que tenía entre los ojos, allí donde los demás llevan la frente.
—¿Cómo es eso, ño Bashuto?
Bashuto se desprendió del puro, y tiró por un lado una escupida grande como un caite, y así sonora.
—Cuestiones de la suerte, hombre. Vos vas arando y ¡plosh!, derrepente pegás en la huaca, y yastuvo; tihacés de plata.
—¡Achís!, ¿en veras, ño Bashuto?
—¡Comolóis!
Bashuto se prendió al puro con toda la fuerza de sus arrugas, y se fue en humo. Enseguiditas contó mil hallazgos de botijas, todos los cuales "él bía prisenciado con estos ojos". Cuando se fue, se fue sindarse cuenta de que, de lo dicho, dejaba las cáscaras.
Como en esos días se murió la Petrona Pulunto, José levantó la boca y la llevó caminando por la vecindad, sin resultados nutritivos. Comió majonchos robados, y se decidió a buscar botijas. Para ello, se puso a la cola de un arado y empujó. Tras la reja iban arando sus ojos. Y así fue como José Pashaca llegó a ser el indio más holgazán y a la vez el más laborioso de todos los del lugar. Trabajaba sin trabajar —por lo menos sin darse cuenta— y trabajaba tanto, que las horas coloradas le hallaban siempre sudoroso, con la mano en la mancera y los ojos en el surco. Piojo de las lomas, caspeaba ávido la tierra negra, siempre mirando al suelo con tanta atención, que parecía como si entre los borbollos de tierra hubiera ido dejando sembrada el alma. Pa que nacieran perezas; porque eso sí, Pashaca se sabía el indio más sin oficio del valle. Él no trabajaba. Él buscaba las botijas llenas de bambas doradas, que hacen "¡plocosh!" cuando la reja las topa, y vomitan plata y oro,  como el agua del charco cuando el sol comienza a ispiar detrás de lo del ductor Martínez, que son los llanos que topan al cielo.
Tan grande como él se hacía, así se hacía de grande su obsesión. La ambición más que el hambre, le había parado del cuero y lo había empujado a las laderas de los cerros; donde aró, aró, desde la gritería de los gallos que se tragan las estrellas, hasta la hora en que el güas ronco y lúgubre, parado en los ganchos de la ceiba, puya el silencio con sus gritos destemplados.
Pashaca se peleaba las lomas. El patrón, que se asombraba del milagro que hiciera de José el más laborioso colono, dábale con gusto y sin medida luengas tierras, que el indio soñador de tesoros rascaba con el ojo presto a dar aviso en el corazón, para que éste cayera sobre la botija como un trapo de amor y ocultamiento. Y Pashaca sembraba, por fuerza, porque el patrón exigía los censos. Por fuerza también tenía Pashaca que cosechar, y por fuerza que cobrar el grano abundante de su cosecha, cuyo producto iba guardando despreocupadamente en un hoyo del rancho, por siacaso.
Ninguno de los colonos se sentía con hígado suficiente para llevar a cabo una labor como la de José.
"Es el hombre de jierro", decían; "ende que le entró asaber qué, se propuso hacer pisto. Ya tendrá una buena huaca..."  Pero José Pashaca no se daba cuenta de que, en realidad, tenía huaca. Lo que él buscaba sin desmayo era una botija, y siendo como se decía que las enterraban en las aradas, allí por fuerza la incontraría tarde o temprano.
Se había hecho no sólo trabajador, al ver de los vecinos, sino hasta generoso. En cuanto tenía un día de no poder arar, por no tener tierra cedida, les ayudaba a los otros, les mandaba descansar y se quedaba arando por ellos. Y lo hacía bien: los surcos de su reja iban siempre pegaditos, chachados y projundos,que daban gusto.
—¡Onde te metés, babosada! —pensaba el indio sin darse por vencido—: Y tei de topar, aunque no querrás, así mihaya de tronchar en los surcos.
Y así fue; no lo del encuentro, sino lo de la tronchada.
Un día, a la hora en que se verdeya el cielo y en que los ríos se hacen rayas blancas en los llanos, José Pashaca se dio cuenta de que ya no había botijas. Se lo avisó un desmayo con calentura; se dobló en la mancera; los bueyes se fueron parando, como si la reja se hubiera enredado en el raizal de la sombra. Los hallaron negros, contra el cielo claro, "voltiando a ver al indio embruecado, y resollando el viento oscuro ".
José Pashaca se puso malo. No quiso que naide lo cuidara. "Dende que bía finado la Petrona, vivía ingrimo en su rancho ".
Una noche, haciendo fuerzas de tripas, salió sigiloso llevando, en un cántaro viejo, su huaca. Seagachaba detrás de los matochos cuando óiba ruidos, y así se estuvo haciendo un hoyo con la cuma. Se quejaba a ratos, rendido, pero luego seguía con brío su tarea. Metió en el hoyo el cántaro, lo tapó bien tapado, borró todo rastro de tierra removida; y alzando sus brazos de bejuco hacia las estrellas, dejó irliadas en un suspiro estas palabras:
—¡Vaya: pa que no se diga que ya nuai botijas en las aradas!...

CUENTOS DE BARRO --SALARRRUE--