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sábado, 20 de octubre de 2012

LA BOTIJA


LA BOTIJA CUENTOS DE BARRO SALARRUE

José Pashaca era un cuerpo tirado en un cuero; el cuero era un cuero tirado en un rancho; el rancho era un rancho tirado en una ladera.
Petrona Pulunto era la nana de aquella boca:
—¡Hijo: abrí los ojos; ya hasta la color de que los tenés se me olvidó!
José Pashaca pujaba, y a lo mucho encogía la pata.
—¿Qué quiere, mama?
¡Qués nicesario que tioficiés en algo, ya tas indio entero!
—¡Agüén!...
Algo se regeneró el holgazán: de dormir pasó a estar triste, bostezando.
Un día entró Ulogío Isho con un cuenterete. Era un como sapo de piedra, que se había hallado arando. Tenía el sapo un collar de pelotitas y tres hoyos: uno en la boca y dos en los ojos.
—¡Qué feyo este baboso! —llegó diciendo. Se carcajeaba—; ¡meramente el tuerto Cande!... Y lo dejó, para que jugaran los cipotes de la María Elena.
Pero a los dos días llegó el anciano Bashuto, y en viendo el sapo dijo:
—Estas cositas son obra denantes, de los agüelos de nosotros. En las aradas se incuentran catizumbadas. También se hallan botijas llenas dioro.
José Pashaca se dignó arrugar el pellejo que tenía entre los ojos, allí donde los demás llevan la frente.
—¿Cómo es eso, ño Bashuto?
Bashuto se desprendió del puro, y tiró por un lado una escupida grande como un caite, y así sonora.
—Cuestiones de la suerte, hombre. Vos vas arando y ¡plosh!, derrepente pegás en la huaca, y yastuvo; tihacés de plata.
—¡Achís!, ¿en veras, ño Bashuto?
—¡Comolóis!
Bashuto se prendió al puro con toda la fuerza de sus arrugas, y se fue en humo. Enseguiditas contó mil hallazgos de botijas, todos los cuales "él bía prisenciado con estos ojos". Cuando se fue, se fue sindarse cuenta de que, de lo dicho, dejaba las cáscaras.
Como en esos días se murió la Petrona Pulunto, José levantó la boca y la llevó caminando por la vecindad, sin resultados nutritivos. Comió majonchos robados, y se decidió a buscar botijas. Para ello, se puso a la cola de un arado y empujó. Tras la reja iban arando sus ojos. Y así fue como José Pashaca llegó a ser el indio más holgazán y a la vez el más laborioso de todos los del lugar. Trabajaba sin trabajar —por lo menos sin darse cuenta— y trabajaba tanto, que las horas coloradas le hallaban siempre sudoroso, con la mano en la mancera y los ojos en el surco. Piojo de las lomas, caspeaba ávido la tierra negra, siempre mirando al suelo con tanta atención, que parecía como si entre los borbollos de tierra hubiera ido dejando sembrada el alma. Pa que nacieran perezas; porque eso sí, Pashaca se sabía el indio más sin oficio del valle. Él no trabajaba. Él buscaba las botijas llenas de bambas doradas, que hacen "¡plocosh!" cuando la reja las topa, y vomitan plata y oro,  como el agua del charco cuando el sol comienza a ispiar detrás de lo del ductor Martínez, que son los llanos que topan al cielo.
Tan grande como él se hacía, así se hacía de grande su obsesión. La ambición más que el hambre, le había parado del cuero y lo había empujado a las laderas de los cerros; donde aró, aró, desde la gritería de los gallos que se tragan las estrellas, hasta la hora en que el güas ronco y lúgubre, parado en los ganchos de la ceiba, puya el silencio con sus gritos destemplados.
Pashaca se peleaba las lomas. El patrón, que se asombraba del milagro que hiciera de José el más laborioso colono, dábale con gusto y sin medida luengas tierras, que el indio soñador de tesoros rascaba con el ojo presto a dar aviso en el corazón, para que éste cayera sobre la botija como un trapo de amor y ocultamiento. Y Pashaca sembraba, por fuerza, porque el patrón exigía los censos. Por fuerza también tenía Pashaca que cosechar, y por fuerza que cobrar el grano abundante de su cosecha, cuyo producto iba guardando despreocupadamente en un hoyo del rancho, por siacaso.
Ninguno de los colonos se sentía con hígado suficiente para llevar a cabo una labor como la de José.
"Es el hombre de jierro", decían; "ende que le entró asaber qué, se propuso hacer pisto. Ya tendrá una buena huaca..."  Pero José Pashaca no se daba cuenta de que, en realidad, tenía huaca. Lo que él buscaba sin desmayo era una botija, y siendo como se decía que las enterraban en las aradas, allí por fuerza la incontraría tarde o temprano.
Se había hecho no sólo trabajador, al ver de los vecinos, sino hasta generoso. En cuanto tenía un día de no poder arar, por no tener tierra cedida, les ayudaba a los otros, les mandaba descansar y se quedaba arando por ellos. Y lo hacía bien: los surcos de su reja iban siempre pegaditos, chachados y projundos,que daban gusto.
—¡Onde te metés, babosada! —pensaba el indio sin darse por vencido—: Y tei de topar, aunque no querrás, así mihaya de tronchar en los surcos.
Y así fue; no lo del encuentro, sino lo de la tronchada.
Un día, a la hora en que se verdeya el cielo y en que los ríos se hacen rayas blancas en los llanos, José Pashaca se dio cuenta de que ya no había botijas. Se lo avisó un desmayo con calentura; se dobló en la mancera; los bueyes se fueron parando, como si la reja se hubiera enredado en el raizal de la sombra. Los hallaron negros, contra el cielo claro, "voltiando a ver al indio embruecado, y resollando el viento oscuro ".
José Pashaca se puso malo. No quiso que naide lo cuidara. "Dende que bía finado la Petrona, vivía ingrimo en su rancho ".
Una noche, haciendo fuerzas de tripas, salió sigiloso llevando, en un cántaro viejo, su huaca. Seagachaba detrás de los matochos cuando óiba ruidos, y así se estuvo haciendo un hoyo con la cuma. Se quejaba a ratos, rendido, pero luego seguía con brío su tarea. Metió en el hoyo el cántaro, lo tapó bien tapado, borró todo rastro de tierra removida; y alzando sus brazos de bejuco hacia las estrellas, dejó irliadas en un suspiro estas palabras:
—¡Vaya: pa que no se diga que ya nuai botijas en las aradas!...

CUENTOS DE BARRO --SALARRRUE--

miércoles, 17 de octubre de 2012

LA CASA EMBRUJADA


la casa embrujada


Los mosquitos se prendían en el silencio, como en un turrón. El tejado, musgoso y renegrido, era como la arada en un cerrito tristoso. El viento había sembrado allí una que otra gotera fructífera, con ráices diagua y flores redonditas de sol, que caminaban por el suelo y las paredes del interior. La casavieja taba dijunta, enderrepente.
Según algunos vecinos, aquel abandono se debía a que laija del viejito Morán, que vivió allí, bíamuerto tisguacal. El maishtro Ulalio decía que era porque espantaban: "Sale el espíreto de la Tona",decía; "yo luei visto tres veces: chifla y siacurruca; chifla, y se acurruca: después, mece las mangas y sedentra en el platanar".
Ño Mónico, que estaba loco de una locura mansita —porque hablaba disparates muy cuerdamente.
—, decía con el aire de importancia y superioridad que lo caracterizaba:

—¡Ah..., no señor..., nuai tales carneros aloyé, nuai tales!... Siesque vinieron los managuas, despacito..., y cerraron las puertas cuando era al mediodía, aloyé. Dejaron adentro a la Noche, que bíavenido a beber agua descondidas del sol. Allí la tienen enjaulada, aloyé, y la amarraron con una pita ematate. ¿¡Cómo se va!? Sestá pudriendo diambre: ya giede, aloyé, ¡ya giede!  Pasa ispiando por los juracos de la paré; y, cuando nuentran sapos, aguanta hambre. Dende aquí sioyen a veces los destertores de la goma. Se va en friyo, aloyé. Un diya destos va parecer la yelasón derretida por las rindijas. Los managuas la vienen a bombiar todos los diyas, con ronquidos diagua, para joderla más ligero, aloyé...

Los zopes no se paraban nunca en el tejado. A veces el gavilán le hacía un pase, con su cruz de sombra; y dicen que la casa se encogía y pujaba. Taba embrujada. De noche se oiba el juí,juí de una hamaca. Un chucho, que llegó un día a oler la casa, salió dando gritos de gente por el monte y montado en su cola.

Las hojas enormes de los majonchos le hacían cosquillas a la casa con las puntas. Sus sombras, enforma de cejas, se mecían en las paredes, que parecían hacer muecas nerviosas. En un ventanuco queestaba en la culata una araña había enrejado, por si abrían... Las hormigas guerreadoras le habían puesto barba en una esquina. De cuando en cuando, una teja desertaba en el viento. Una tarde en que Ulalio seacercó, le hablaron desde adentro. Puso atención, y oyó la voz, sin entender las palabras: "era como quevaceyan un cántaro" decía, "me dentro un friyo feyo en el lomo y salí a la carrera".

Una vez pasó cerca el cura. Le pidieron consejo y él quiso ir a ver la casa del embrujo. Se apió; y, remangándose la sotana, fue al platanar con Ulalio, la Chana y Julián.

—¿Quién vivió allí?
—El viejito Morán y suija que murió de lumonía. Otros dicen que taba tubreculosa.

El cura llegó hasta la mediagua. Los panales empezaron a confesar su misterio. Abrió sin temor las puertas desvencijadas. El cadáver de la noche, que había quedado recostado en la puerta, se derrumbó hacia afuera. Instintivamente, todos dieron un paso atrás. Rápida, como un rayo de carne, una culebra negra y brillante salió y se perdió en el monte. Los sapos venían saltando hacia afuera, como piedrasvivas. Entre los ladrillos verdosos, las rueditas de plata de las goteras se habían hecho hongos. El aire jediondo casi se agarraba con la mano. Una botella olvidada había ido apagando su brillo de puro terror.
El cura mandó a Julián por escobas y empezó a jalar los acapetates con una vara. Se desgajaban, haciéndose tierra. De aquella rama sombría del techo, los murciélagos se desprendían, como hojas, o sevolvían a colgar, como frutas pasadas.
El cura estuvo toda la tarde limpiando la casa. Bendijo un tarro de agua y lo regó por todas partes. Sacó un libro y susurró latines. Clavó una cruz de palo en un pilar y ordenó que se dejaran abiertas las puertas para que oreara, que se desenmontaran los contornos, que se cogieran las goteras, se plantaran flores en el suelo y se colgaran macetas de las vigas.
Días después, el cura pudo ver la casa resucitada. El patio liso y barrido, las enredaderas trepándose por las paredes y las macetas colgadas de las vigas. Sonriente y gordo, palmeó en la espalda de Ulalio y le dijo:

—¿Conque, embrujada, eh?...
—¡No creya Padre, entuavía sioye un bisbiseyo!.

CUENTOS DE BARRO --SALARRUE--

jueves, 11 de octubre de 2012

BAJO LA LUNA




La laguneta se iba durmiendo en la anochecida caliente. Rodeada de bosques negros iba perdiendo sus sonrojos de mango sazón y se ponía color de campanilla, color de ojo de ciego. El camalote anegado en los aguazales le hacía pestaña. El cielo brumeaba como quemazón de potrero, donde eran brasas los últimos apagos del poniente. Abajo había, en balsa de ramalada, dos garzas blancas; la una, mirando atenta la gusanera del viento en el vidrio verde de las ondas; la otra, mirando como asustada el cielo en donde apuntaba una estrella con inquietudes de escama cobarde.
Guelía a mumuja de palo podrido, a zompopera, a chira de mateplátano, a talepate y a julunera triste. Había ahogados en todas las oriyas, ahogados hamaqueantes, sobreagüeros, de troncón y de basura. En las pescaderas, las varas ensambladas estaban prietas sobre el claror, y se reflejaban culebreando guindoabajo. Pringaba jenjén y zancudo. A lotra oriya se oiba patente el butute del guauce, llamando a la pareja para beber sombra. En el escobillal oscuro de la noche, el cielo y el agua quedaban trabados, como guindajos arrancados a una sombrilla de seda desteñida. El día se alejaba, lento y cabecero, echando polvo con las patas como los toros cimarrones.
Llegada la noche, un tufo a tigre sopló los matorrales, la laguneta sonaba como una cuerda diagua a cada respiro, y de cuando en cuando se oían los chukuces de las mojarras asustadas.
La ranchería del vallecito estaba en una ensenada oscurecida de tamarindos y voladores. Había ranchos hojarasquines, y ranchos palma barrendera, coludos como pajuiles, y ranchos empalizados a través de cuyas paredes de esqueleto, la luz candilera —esa tristura de querencia nocturna— se filtraba a los patios de barro desnudo, alargándose en caprichosas luminarias.
Los chuchos empezaban a ladrar con persistencia; con su quejumbre peculiar, los tuncos revolvían las sobras de huate que bueyes forasteros habían dejado al pie de los morros, de troncos limados por las cornamentas. Una guitarra escondida roía el sueño de la noche. Venía saliendo la luna con una fogarada platera que daba gusto. La luz chele y tristona se tendía en los playones bocabajo, alagartada entre los troncos torcidos, chafando las trompas de los cayucos varados en seco. Los jocotes botaban sus frutas de rato en rato, en el blando estiércol espolvoreado. Iban los primeros temblores de luz, estremeciendo a lo ancho el agua friolenta.

                                                                                              * * *

Con un trágico sonar de cartucheras y caitazos, el rancho de Miguel se vio rodiado por la escolta guarera. Sobre la puerta, de cuyas rendijas manaba resplandor de alma, el cabo Remigio López dio tresfierrazos con la cruz de su daga. De dentro naide respondió y la luz se apagó, dejando más en luna la entrada.
A una seña del cabo, los chicheros empezaron a culatiar la puerta, hasta que de golpe se jue en blanco. La ventana trasera estaba cuidada por tres hombres y cuando se abrió fue como la boca de una trampa. Hubo una refriega que atrajo algunos curiosos; y pronto los cuatro sacadores cogidos, salían del caserío con las ollas y los telengues al hombro.

El camino estaba como el día, y la arenita fresca acariciaba los pies. Iban los ocho de la escolta distrayéndose con los luceros; y el cabo, montado, jumando su puro, se agachaba dormilón. Sólo los presos conversaban. El cabo les oiba, perdonero.
Llegado que hubieron a las ruinas del obraje, hubo un descanso. El cabo López se acercó amigable a Miguel y le dijo:

—Esa ña Pabla Portillo de que hablaba usté, joven, ¿ónde vive?
—En Las Isletas. Es mi mama...
—¿Tiene hermanas su mama?
—La ña Dolores Portillo, de San Juan.
—Es la mía...
—Entonce, usté es Remigio López, el marido de la Felicia.
—El mesmo.
—¡Ah, ya jodimos!...
—Me vuá quedar con vos atrás, y te golvés...
Miguel sonrió apenado y se miró las manos.
Veya, primo, si me va a soltar sólo a yo, mejor alléveme.
El cabo vaciló, honorífico.
—Es que el deber, hermano... la vaina...
Como Miguel le miraba fijo y callando, el cabo López se alejó lento a la sombra oscura de una fila de isotes y llamó a los soldados, que le fueron rodeando curiosos. Al mismo tiempo Miguel se unió a los presos y les arrimó al puro de la resignación, la brasa de la esperanza.

Después de un buen rato de espera, los sacadores vieron llegar al cabo que se arrimaba caviloso. Separó enfrente, con los brazos cruzados encima de la daga. Los miró uno a uno como juido. Naide habló palabra. Lejano se oiba el río, siempre despierto. Como en trance sin remedio, el cabo dijo por fin:
— ¡Desgránense, desgraciados; no seya que me arripienta!...
Semejando cercenadas cabezas de gigantes, las ollas se quedaron sólitas junto al cerco de púas,
como diciendo: Achís, ¿qué pasaría?!...


CUENTOS DE BARRO --SALARRUÉ--

lunes, 19 de marzo de 2012

EL ENTIERRO



Cumbreaba la tarde, cuando de las últimas casas salía el entierro de ño Justo. Todos ibanachorcholados y silencios. Una nube corrediza había regado el camino, perfumándolo, esponjándolo, refrescándolo. Se mezclaba el olor del suelo, con el tufíto de las candelas que llevaban las viejas. El renco Higinio caminaba delante del cajón. A cada paso parecía que iba a arrodillarse; daba la impresión de llevar meciendo un incensario. Todos iban achorcholados; el arrastre de los caites cepillaba los credos, que salían como de un cántaro a medio llenar. "Chorchíngalo" llevaba el racimo de sombreros; cargaban Atanasio, Catino, don Juan y don Daví.

Cumbreaba la tarde, chispeando en lo ricién mojado. Los cerros barbudos se ahogaban en la sombra, sacando apenas las narices para respirar. La brisa mecía las frondas, que asperjeaban el cajón como un hisopo. A lo lejos, lejos, lejos, allá por las Honduras, llovía ceniza caliente.

Atrás jue quedando el grito herido de la Tana; la casa chele de Juan Barona; los tapiales de adobe, cundidos de reseda; la pilita seca; la caseta de la ronda, con su cruz verde pegoteada de papeles de color. El camino empezaba a bajar por el barrial. Al fondo atravesaba, sobando los talpetates, el riíto de Miadegüey. A los lados, en el explayado de arena, crecían berros. Pasó el amatón de la Fermina; el rancho de Lolo; subieron la cuesta del Chichicastal, y entraron de nuevo en tierra llana. A lo lejos, cabezonas, se miraban las ceibas del pantión, ya borrosas en el callar.
Felipe aventuró:

—¿Juiste anoche al velorio, oyó?...
—Sí jui...
—Yo no jui, pero vengo al entierro del funeral

Caminaban cada vez más a prisa, por la noche que se desmoronaba poco a poco sobre el campo. Pararon para cambiar los cargantes, porque ya pujaban mucho. Los dos alambres del telégrafo iban siguiéndolos de poste en poste; se detenían, curiosos, en los aisladores, mirándoles con los ojos verdes; a veces, se enmontaban por las barrancas, e iban a salirles adelante. Parecía como si quisieran pasar al otro lado del camino y el entierro se lo impidiera, llegando siempre en aquel momento preciso.

Cada vez se oía más el golpe de los tacones sobre la panza del camino. Las llamitas de las candelas se habían volado, haciéndose estrellas. Poco a poco oscurecía; no se vio ya sino el brocal pasmado del cielo. Sólo se oía el cepillar de los caites; el golpetear de los tacones; el rechinar del cajón; el pujar de los cargantes, y aquel credo que seguía el entierro como una cola de moscarrones. De cuando en cuando se trompezaba alguien, y se oía un brusco: "¡piedra hijesesenta mil!...". También se oía una que otra escupida, con su húmedo ¡jaashup!..., o la tos cascada de alguna vieja.

Ya no se veiya. Por ratos, en los claros, se pintaban las curvas prietas de los alambres, que no habían aún logrado pasar.

Ya cuando era imposible ver, don Daví encendió el farol. Iba con el trapo de luz por el pelado camino. Sus calzones blancos se miraban moverse en la lumbre, como ánimas en pena. De cuando en vez saltaba una piedra, en medio de la luz, con el hocico abierto y amenazador. En un descruce, relampaguearon los ojos de brasa de un chucho, que se aculaba aterrorizado. Como diablos negros iban bailando los troncos, detrás del cerco. Por fin llegaron a las tapias del pantión. Otro farol esperaba en la puerta.


—¿Qué jue que les cogió la noche, hombre?
—Cabsa la Tana...
—¡A la gran babosa! Ya mero nos íbamos: hemos oído ruidos en los mucsoleyos.
—¿Eeee?...

Entraron. A la luz ladrante de los faroles, las tumbas tendían sábanas repentinas, algunas de ellas desgarradas o sucias.
 Bajo el pino grande, estaba el hoyo de ño Justo. Lo jueron bajando con lazos. El cajón crujía, lastimero. Los faroles, bajeros, alumbraban un mundo de pies curiosos, al borde del hoyo. Topó. Sacaron los lazos a choyones. Después, la pala implacable empezó a tirar tierra. Cáiba la tierra negra, con sordo aporreo. La pala chasqueaba la lengua, al coger; y el hoyo oblongo eructaba al recibir. Los pies se habían ido saliendo de la luz, como cusucos asustados.

De dos en dos, de tres en tres, de cuatro en cuatro, las gentes habían ido regresando. Regresaban animadas. Alguno cantaba. Los deudos gimoteaban al haz del hoyo, ya casi colmado. Las dos enormes ceibas se lazaban en la oscuridad, como un solo coágulo de noche. Las estrellas, encorraladas ya, rumiaban orito.

CUENTOS DE BARRO –SALARRUÉ-- 

martes, 21 de febrero de 2012

EL VIENTO




La palazón se bañaba, alegre y desnuda, en el viento. El sol era moreno, en la mañana azul. La basura iba y venía, arrastrada por la mecida del aire. Hojas que rodaban como caracoles, polvo como espuma sucia en aquella marea.
Los charcos, en medio del camino barrioso y barrido, se secaban dejando prieta la tierra, y blandita como para meter el pie. Un ruidal de ramadas llenaba la costa entera, dende aquí quera verdeante hasta allá lejos lejos quera azul.
También las yeguas sintieron dentrar el viento en su alegrón y se echaron a correr por el llano. A la par de las yeguas de viento, iban las yeguas de sangre, atropellándose unas con otras, soplando las narices valientes, la crin al cielo y el casco al suelo: ¡patacán, patacán, patacán! Dejaban jumazón en la fueya, como si quemaran su libertá. Paraban su desboco, cuando ya no sentían el suelo, por miedo al vuelo desconocido. El heroísmo es un exceso de vida que puede a veces producir la muerte.

A ratos, el norte ponía mujeres de polvo, bailando vertiginosas por las veredas; bailando en puntas y cogiendo al paso mantos de nube, para enrollarse girámdulas.
Venía el chuchito perdido, arrastrando una larga pita por el camino. Era negro, lagartijo, encogido y despavorido. Echaba las orejas hacia atrás, la cola entre las patas; un vivo amarillo de espanto le rodeaba los ojos polvosos. En aquella anchísima soledad, ensordecida por el viento, era como un dolor extraviado. La fuerza del oleaje le hacía tambalearse. Se paraba y ponía vanos empeños por amarrar el cabo del olfato. Volvía tímido la cabeza, para mirar cuán solo estaba. Entonces su grito lastimero hacía un rasguño en el viento. Volvía atrás con igual premura, mirando al andar hacia el cielo, como si nadara. La pita suelta lo seguía dócil, marcando un surco en el polvo por un instante. Era como un amor náufrago. Buscaba al amo, perdido en el ventarrón. A lo lejos, como un punto negro en la explanada, iba nadando hacia lo incierto. Aquella cosa tan mísera, bajo el furor del cielo, era un dolor grandioso.

                                             ***

Entre madejas de polvo y cáscaras doradas, apoyado al tanteyo en el palo y al tanteyo la mano en el cielo, el viejo ciego topó a una alambrada y llamó ya sin esperanza:

—¡Mirto, Mirto!..

CUENTOS DE BARRO ---SALARRUÉ--

miércoles, 15 de febrero de 2012

BRUMA





 Pringaba siempre, como toda la noche, como todo ayer... El día había nacido de la escurana como un humito azulón. Era tiempo de ñebla y la laguna estaba dormida, borrosa, y de ella se desprendía con el silencio un aroma triste. El agua gris, perdida en el cielo gris, era casi invisible. Dulcemente batía la orilla como si la besara. En aquella orilla oscura parecía finar el mundo suspendido sobre un precepiciode tristeza.

El cayuco se desprendió de la palizada con pechazos suaves de pescado colasero. Como el alma diunpalo viejo que se desprende del mundo, así el cayuco se fue alejando, volátil, en aquel cielo de neblina. Hundía y alzaba el ala delgadita de la pértiga, coliando timonero con la pluma del remo. Un pescador cantaba. Su voz volaba entre la ñebla dorisca, como un murciégalo atontado salido diunoscuro querer. Murientes ecos sobreaguaban en la distancia. En aquella luz que se disolvía en la bruma, extrañas formas parecían despertar al conjuro del canto. Caderas de plata venían danzando sobre el agua muda; azules cabelleras flotaban en la brisa y había allí, en la margen, vagos ruidos de bocas que se abren a flor de agua, de suspiros, de besos, de gárgaras, como si todas estas brujerías se hubieran despertado para embriagarse en la mañana sutil.

Dejando suelta al dulce ondeyo del remolque la trenza de su canto, el negro Calistro calló chachando su mutismo al de su chero, como pa hacer un tecomate de tristura. Iban ligeros; más que sobre el cayuco, parecían bogar sobre el silencio. Una quiotra espumita iba reventona y efervescente en la punta del remo, dejando oír su leve gorgorito.

Seguía pringando cernido. Jueron dejando de remar, dejando, dejando, hasta que se quedaron casi quietos sobre el respiro del agua dormida. El sol, en medio de la ñebla, era como el corazón amariyo de una jlor algodonosa. Echaron los anzuelos. En aquella vagancia de las cosas no se sabía si picaría un pez o si picaría un pájaro.

                                            ***

Al mediodía se puso más tupido y más jrío. Llevaban tres horas pescando y no habían ajustado el tanto de rigor. Oyeron un cantar bajito, allí cerquita, y pensaron afligidos en el Duende. De pronto, una sombra vaga surgió del fondo de aquella claridad golpiada y se precipitó violenta sobre el cayuco. El golpe se oyó sordo como mazazo en piladera, y tras el golpe el chukuz, chukuz, chukuz de tres cuerpos al caer al agua. Manoteyos, voces y maldiciones, en trágico remolino, rondaron las cáscaras de los cayucos embruecados.


—¡Nade juerte, chero, hay que salir!...
—Voy nadando, oyó. ¿Quién babosos será ése que vino a jodernos?

Una voz cercana se dejó oír tranquila y orientera:

—Van nadando al contra, hijos. Laguna adentro siogan; síganme a yo.

Aquella segunda les dio confianza; y a nado e chucho buscaron el braciado del desconocido, que los guió, los guió, los guió hasta que asentaron jadeantes en el lodito mechudo de la orilla. Al tanteyobuscaron el monte y se tendieron a descansar. El negro Calistro estaba casi acalambrado por el yelodel agua. Quería preguntar al desconocido quién era, y darle las gracias; pero el juelgo se leatorzonaba en la garganta como un tapón y no podía hablar. 
Dejó al fin de pringar. Un vientecito brincador empezó a barrer el cielo. El sol logró meter un rayo dioroen la laguna, como carrizo en jícara, y empezó a beberse la cebada espumosa de aquella neblina. Alas tres se vido clarito las dos rodillas prietas del volcán acurrucado allá en Oriente. Como enormes esponjas oscuras, fueron apareciendo las ramazones de los palos asomados a la playa. En el patio del rancho cercano, la tarraya colgada de una pértiga parecía la telaraña del callar, para coger moscas de ruido.

El negro Calistro y su compañero miraron curiosos al endeviduo neshnito, que no lejos de ellos mostraba su espalda negra y angulosa de taburete viejo. Les bía sacado seguros, reuto y al mero punto de su propio rancho. Cuando el indio volvió su cara barboncita, cholea y sonriente, una exclamación de asombro brotó al unísono de sus labios:

—¡Ño Vicente, el ciego!...
—El mesmo, hijos. A nosotros los chocos nos encamina el estinto, un estinto más seguro que la bruja de los ductores, quiapunta siempre al Norte, según el decir...

 CUENTOS DE BARRO ---SALARRUÉ--- 



martes, 31 de enero de 2012

DE CAZA




Al pie del palón quemado, que era como una astilla de noche en medio del llano pelón donde la rastrojera tenía un dorar de kakevaca, los dos tiradores se acurrucaron, agarrados a las escopetas; y allí, sumergidos en el agua grata de aquella sombra de esqueleto, descansaron de matar.
El mediodía caiba de lado, por ser verano. Del cielo blanco bajaba, ondeante, una atarraya de plata caliente. Las montañas, a lo lejos, sedeaban azul-violeta. Sobre el llano, en el aire, y en sombra sobre el suelo, la zopilotada volteaba: mariposones negros, quemándose la vida en la llama del sol.
El viejo Calistro se entretenía en puyar con un palito la pechuga gris del conejo muerto. El chele Damacio jumaba lentamente el descanso.

—Tá gordo este baboso. Y se riye, el hijuepuerca.
—¡Ajú!... de satisfecho...
—Te
 lo cambeyo por las cinco palomas.
—¡No
 joda, compadre!, ¿cinco cartuchos por uno, no?
—Pero hijo, tentá, tentá...
Le
 hundía los dedos huesudos en la piel suave, que se escurría rugosa.
—Tres le doy, compa.
—¡Achís!...

A lo lejos se oyó un disparo. Luego otro. El silencio del mediodía se desgarraba, como una película de coágulo sobre un estanque; poco a poco las desgarraduras iban cerrándose, hasta que la cerrazón de calma recobraba su pesantez.

—Esos han de ser Mateyo y Julián.
—O Filadelfo, que agarró dése lado.
         —Palomas han destar matando, los babosos.
—No creya, compa: en esa montañita hay mucho conejo.
—Náufrago, en el viento perezón, llegó un grito.
—¡Aíjaaa!...

        Luego palabras, con las letras borradas.

       —¿Qué dice, oyó?
—Es Mateyo.

El chele Damacio dejó la escopeta apoyada en el morral; se puso en pie; hizo una concha con la mano y gritó engallado:
—¡Ooiii!... ¡Mateyóoo!...

Bien distintas llegaron del monte estas palabras:

—¡Aivelvenado!...

El viejo Calistro se puso en pie.

—¿Brán hallado venado esos desgraciados, hombre?
—Lo vienen sabaniando.

Se óiba quebrazón de ramas y choyeo de hojarascas.

—Aprepárese, compa, que viene por aquí.
—¿Nos tarán tirando esos jodidos, vos?
—No creya, pueden ber desescondido algún cabrón désos.

La tronazón de ramas venía cerquita, por la ceja del monte. El viejo Calistro corrió a todo correr, haciendo sonar los cartuchos de la bolsa. El chele liba a la zaga.
Un último grito, cercano, se oyó:

—¡Ai va, O!...

Bruscamente, con irrumpe de ventarrón, volante como sombra de raudo gavilán un venado brotó, eléctrico, del ramazal al rastrojo, tamborileando su terror en el suelo polvoso y tirándose al descampado como a la muerte. Detrás de él venía la bala. Humo, gritos, polvo, hojas al viento. El venado se hundió en la cueva del eco, arrebatado por un terror avaro. En el suelo, y en su propia sangre, se devanaba el viejo Calistro comiéndose la tierra caliente a bocaradas, bajo el sol.

Mateyo, al darse cuenta, tiró la escopeta y huyó por el bosque. Los otros dos se miraban, aterrados, a uno y a otro lado de aquel abismo de agonía. El polvo se bía ido asentando. De bruces en los terrones ennegrecidos por la sangre, el cuerpo del viejo se estremecía, intermitentemente. Cuando quedó al fin quieto, ya nadie había alrededor; sólo al pie del palón quemado, que era como una astilla de noche en medio del llano pelón, el conejo sedoso y tranquilo se reiba, mostrando al cielo sus afilados dientecillos roedores, de satisfecho...

CUENTOS DE BARRO ---SALARRUÉ---



sábado, 28 de enero de 2012

LA PETACA




Era pálida como la hoja-mariposa; bonita y triste como la virgen de palo que hace con las manos el bendito; sus ojos eran como dos grandes lágrimas congeladas; su boca, como no se había hecho para el beso, no tenía labios, era una boca para llorar; sobre los hombros cargaba una joroba que terminaba en punta. La llamaban la peche María.

En el rancho eran cuatro: Tules, el tata; la Chón su mama, y el robusto hermano Lencho. Siempre María estaba un grado abajo de los suyos. Cuando todos estaban serios, ella estaba llorando; cuando todos sonreían, ella estaba seria; cuando todos reían, ella sonreía; no rió nunca. Servía para buscar huevos, para lavar trastes, para hacer rír...

—¡Quitá diay, si no querés que te raje la petaca!
—¡Peche, vos quizás sos lhija el cerro!
Tules decía:
—¡Esta indizuela no es feya; en veces mentran ganas de volarle la petaca, diún corvazo!

Ella lo miraba y pasaba de uno a otro rincón, doblada de lado la cabecita, meciendo su cuerpecito endeble, como si se arrastrara. Se arrimaba al baúl, y con un dedito se estaba allí sobando manchitas, o sentada en la cuca, se estaba ispiando por un hoyo de la paré a los que pasaban por el camino.

Tenían en el rancho un espejito nublado del tamaño de un colón y ella no se pudo ver nunca la joroba, pero sentía que algo le pesaba en las espaldas, un cuenterete que le hacía poner cabeza de tortuga y que le encaramaba los brazos: la petaca.

                                      ***

Tules la llevó un día onde el sobador.

—Léi traído para ver si usté le quita la puya. Pueda ser que una sobada...
—Hay que hacer perimentos  defíciles, vos, pero si me la dejás unos ocho días, te la sano todo lo posible.

Tules le dijo que se quedara.
Ella se jaló de las mangas del tata; no se quería quedar en la casa del sobador y es que era la primera
vez que salía lejos, y que estaba con un extraño.

—¡Papa, paíto, ayéveme, no me deje!
—Ai tate, te digo; vuá venir por vos el lunes.

El sobador la amarró con sus manos huesudas.

—¡Andáte ligero, te la vuá tener!

El tata se fue a la carrera.
El sobador se estuvo acorralándola por los rincones, para que no se saliera.
Llegaba la noche y cantaban gallos desconocidos. Moqueó toda la noche. El sobador vido quera chula.—Yo se la sobo; ¡ajú! —pensaba, y se reiba en silencio

Serían las doce, cuando el sobador se le arrimó y le dijo que se desnudara, que liba a dar la primera sobada. Ella no quiso y lloró más duro. Entonces el indio la trincó a la juerza, tapándole la boca con la mano y la dobló sobre la cama.
—¡Papa, papita!...

Contestaban las ruedas de las carretas noctámbulas, en los baches del lejano camino.


                                 ***
El lunes llegó Tules. La María se le presentó, gimiendo... El sobador no estaba.

—¿Tizo la peración, vos?
—Sí, papa...
—¿Te dolió, vos?
—Sí, papa...
—Pero yo no veo que se te rebaje...
—Dice que se me vir bajando poco a poco...

Cuando el sobador llegó, Tules le preguntó cómo iba la cosa.

—Pues, va bien —le dijo—, sólo quiay que esperarse unos meses. Tiene quírsele bajando poco a poco.

El sobador, viendo que Tules se la llevaba, le dijo que por qué no la dejaba otro tiempito, para más seguridá; pero Tules no quiso, porque la peche le hacía falta en el rancho.

Mientras el papa esperaba en la tranquera del camino, el sobador le dio la última sobada a la niña.

Seis meses después, una cosa rara se fue manifestando en la peche María.
La
 joroba se le estaba bajando a la barriga. Le fue creciendo día a día de un modo escandaloso, pero parecía como si la de la espalda no bajara gran cosa.

—¡Hombre! —dijo un día Tules—, esta babosa embarazada.
—¡Gran poder de Dios! —dijo la nana.
—¿Cómo jue la peración que tizo el sobador, vos?

Ella explicó gráficamente.

—¡Aijuesesentamil! —rugió Tules— ¡Mianimo ir a volarle la cabeza!

Pero pasaba el tiempo de ley, y la peche no se desocupaba.
La partera, que había llegado para el caso, uservó que la niña se ponía más amarilla, tan amariya, que se taba poniendo verde. Entonces diagnosticó de nuevo.

—Esta lo que tiene es fiebre pútrida, manchada con aigre de corredor.
—¿Eee?...
—Mesmamente; hay que darle una güeña fregada, con tusas empapadas en aceiteloroco, y untadas con kakevaca.

Así lo hicieron. Todo un día pasó apagándose; gemía. Tenían que estarla voltiando de un lado aotro. No podía estar boca arriba, por la petaca; ni boca abajo, por la barriga.
En la noche se murió.
Amaneció tendida de lado, en la cama que habían jalado al centro del rancho. Estaba entre cuatro candelas. Las comadres decían:

Pobre; tan güena quera; ¡ni se sentía la indizuela, de mansita!
—¡Una santa! Si hasta, mirá, es meramente una cruz!

Más que cruz, bacía una equis, con la línea de su cuerpo y la de las petacas.
Le pusieron una coronita de siemprevivas. Estaba como en un sueño profundo; y es que ella siempre estuvo un grado abajo de los suyos: cuando todos estaban riendo, ella sonreía; cuando todos sonreían, ella estaba seria; cuando todos estaban serios, ella lloraba; y ahora, que ellos estaban llorando, ella no tuvo más remedio que estar muerta.

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