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martes, 31 de enero de 2012

DE CAZA




Al pie del palón quemado, que era como una astilla de noche en medio del llano pelón donde la rastrojera tenía un dorar de kakevaca, los dos tiradores se acurrucaron, agarrados a las escopetas; y allí, sumergidos en el agua grata de aquella sombra de esqueleto, descansaron de matar.
El mediodía caiba de lado, por ser verano. Del cielo blanco bajaba, ondeante, una atarraya de plata caliente. Las montañas, a lo lejos, sedeaban azul-violeta. Sobre el llano, en el aire, y en sombra sobre el suelo, la zopilotada volteaba: mariposones negros, quemándose la vida en la llama del sol.
El viejo Calistro se entretenía en puyar con un palito la pechuga gris del conejo muerto. El chele Damacio jumaba lentamente el descanso.

—Tá gordo este baboso. Y se riye, el hijuepuerca.
—¡Ajú!... de satisfecho...
—Te
 lo cambeyo por las cinco palomas.
—¡No
 joda, compadre!, ¿cinco cartuchos por uno, no?
—Pero hijo, tentá, tentá...
Le
 hundía los dedos huesudos en la piel suave, que se escurría rugosa.
—Tres le doy, compa.
—¡Achís!...

A lo lejos se oyó un disparo. Luego otro. El silencio del mediodía se desgarraba, como una película de coágulo sobre un estanque; poco a poco las desgarraduras iban cerrándose, hasta que la cerrazón de calma recobraba su pesantez.

—Esos han de ser Mateyo y Julián.
—O Filadelfo, que agarró dése lado.
         —Palomas han destar matando, los babosos.
—No creya, compa: en esa montañita hay mucho conejo.
—Náufrago, en el viento perezón, llegó un grito.
—¡Aíjaaa!...

        Luego palabras, con las letras borradas.

       —¿Qué dice, oyó?
—Es Mateyo.

El chele Damacio dejó la escopeta apoyada en el morral; se puso en pie; hizo una concha con la mano y gritó engallado:
—¡Ooiii!... ¡Mateyóoo!...

Bien distintas llegaron del monte estas palabras:

—¡Aivelvenado!...

El viejo Calistro se puso en pie.

—¿Brán hallado venado esos desgraciados, hombre?
—Lo vienen sabaniando.

Se óiba quebrazón de ramas y choyeo de hojarascas.

—Aprepárese, compa, que viene por aquí.
—¿Nos tarán tirando esos jodidos, vos?
—No creya, pueden ber desescondido algún cabrón désos.

La tronazón de ramas venía cerquita, por la ceja del monte. El viejo Calistro corrió a todo correr, haciendo sonar los cartuchos de la bolsa. El chele liba a la zaga.
Un último grito, cercano, se oyó:

—¡Ai va, O!...

Bruscamente, con irrumpe de ventarrón, volante como sombra de raudo gavilán un venado brotó, eléctrico, del ramazal al rastrojo, tamborileando su terror en el suelo polvoso y tirándose al descampado como a la muerte. Detrás de él venía la bala. Humo, gritos, polvo, hojas al viento. El venado se hundió en la cueva del eco, arrebatado por un terror avaro. En el suelo, y en su propia sangre, se devanaba el viejo Calistro comiéndose la tierra caliente a bocaradas, bajo el sol.

Mateyo, al darse cuenta, tiró la escopeta y huyó por el bosque. Los otros dos se miraban, aterrados, a uno y a otro lado de aquel abismo de agonía. El polvo se bía ido asentando. De bruces en los terrones ennegrecidos por la sangre, el cuerpo del viejo se estremecía, intermitentemente. Cuando quedó al fin quieto, ya nadie había alrededor; sólo al pie del palón quemado, que era como una astilla de noche en medio del llano pelón, el conejo sedoso y tranquilo se reiba, mostrando al cielo sus afilados dientecillos roedores, de satisfecho...

CUENTOS DE BARRO ---SALARRUÉ---



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