tu imprenta

tu imprenta
Creando su mejor impresión

miércoles, 18 de enero de 2012

LAS TUNCAS




Escrito por Leonel Reyes
A los lejos se ve los chorros de humo de las casitas del cantón, mas allá se divisa la montañona, con nubes y bruma platinada, a veces tornasoles, como alfombras que bajan de las alturas del cielo, en esa montaña. Hay una sola casita perdida y en la penumbra de la soledad, en la noche oscura, se miran las luces del fogón de ocote y leña seca, de día no se ve nada, ni la sombra de la casita, como si no existiera, pero allí vive la vieja Anacleta y sus tres nietas, una viejita que no se sabe su edad, si tiene 80 o quizá 100 años, lo mismo da; vive de los menesteres de la alquimia y botánica que heredo de sus antepasados. Prepara sus pócimas y brebajes para todo dolema, empachos, mal de mayo, entumecimientos, mal de ojo; pero sus especialidad son los hechizos y filtros de amor que ella prepara para castigar o entontar algún cristiano que se revela a los lazos conyugales.

Cuando pasa, los cipotes corren a esconderse tras la puerta y a través de la hendidura ven pasar, solo murmuran es la bruja, los adultos solo de reojo la ven pasar, va lejos y luego esta cerca, no se sabe si camina o flota, pues sus vestiduras rasgadas raspan el polvo de la calle, no se ven pies, solo una mano huesuda que sostiene un canasto lleno de mercadería, su cuerpo esta totalmente cubierto, la punta de la nariz es lo único que se le distingue en un oscuro manto que cubre su cara, los chuchos ladran y se les eriza el lomo pero no se le acercan, solo la miran.

En un abrir y cerrar de ojos se pierde en la vereda polvorienta de barro, al llegar al cruce de la calle comienza la latison de perros nuevamente, son de don Cipriano Ganuza, viejo de carácter ríspido, amargo y arrugado, de complexión quijotesca encorvada, es el administrador mayordomo de las tierra que circundan todo lo que el ojo humano pueda ver en los cuatro puntos cardinales, pertenecen al Dr. Hilario, don Cipriano es el único letrado en toda la zona, por un tiempo enseño las primeras letras a varios de los cipotes del cantón, pero ese no era su trabajo, su mejor alumna fue la nieta de la vieja Anacleta, que aprendió a leer mas que todos, pero no continuo por dolencias naturales. Así pasaron los años y una noche de invierno murió la vieja Anacleta, antes de morir les dijo a sus nietas que su herencia estaba bajo su tapesco de varas de bambú, sácate seco y los aperos de la caballeriza, pasaron los días y sus provisiones iban menguando, ellas estaban acostumbradas a comer bastante, ya que su porte físico así lo ameritaba, eran gruesas, cholotonas, como muñecas de barro negro, recordaron y se pusieron a escarbar su herencia, encontraron una caja de hierro bien amarrada con lazos, al abrirla vieron un manto rojo, como una cobija y tres botellitas con una agua color azul, un pergamino enrollado; escrito que decía: un día de luna llena a las doce de la noche, en el patio de la casa hicieran un circulo de ceniza, en el centro colocaran el manto rojo, cada una debía portar una candela  de cera roja, acurrucarse en el manto, tomarse el liquido azul de la botella, acostarse con los ojos mirando la luna, allí comenzaba la transformación y el poder que sería eterno para las tres... y asi lo hicieron. 

Pasaron los días y con estos los meses, los lugareños empezaron a preguntarse porque sus animales desaparecían sin dejar rastro alguno, decían que una maldición había caído desde que murió la vieja Anacleta.

Por las noches las tres marranas pasaban despacio sigilosas, por cada establo, gallineros, chiqueros donde hubiera animales, por un poder de magnetismo animal, estos seguían a las tuncas por todas las veredas y caminos oscuros, directo a las barracas escondidas que ellas tenían preparadas, una granja en los riscos de la montaña, de allí salia  su alimento y la ganancia que hacían con la venta de la carne y  huevos. Al día siguiente eran unas mujeres laboriosas como cualquiera, dedicadas a sus menesteres y a preparar buena cantidad de comida para mantener esos cuerpos frondosos y redondos.

Una noche don Cipriano regresaba de la velación de su compadre Serapio, este murió de la mordida de una marrana que espanto, ya que estaba molestando a los patos de su corral, Cipriano  Ganuza montado en su mula tordilla, trotaba por la explanada polvosa, pasaba la media noche, al llegar a la hondonada de los guarumos, sintió un escalofrió y se dijo --que raro si estamos en verano-- se detuvo un momento saco un puro grandote y lo encendió, le pego el primer chupetazo, tiro la primera descarga de saliva como murciélago borracho; Al lado de la mula vio unos bultos oscuros que caminaban y ponían nerviosa al animal, con los rayos de luna vio una tuncas con los ojos rojos como brazas encendidas, grandes y gordas se paseaban cucandolos, de repente la mula resoplo, no camino mas, sus orejas se le enchinaron para atrás; don Cipriano la espuelo le dio varios chiliyasos pero nada, se pego al suelo como horqueta de moler, el viejo se encachimbo y se bajo, miro a las tuncas que parecían burlarse de él, como mujeres maliciosas, se restregó los ojos y miro de nuevo a las tuncas de los ojos rojos. Saco su guarisama, la froto con el puro por el filo, --esto no es normal, de noche no camina marranas,-- el viejo se abalanzó sobre las tuncas, con el machete desenvainado y les tiro varios filazos pero solo pudo darle a una en el lomo, estas salieron corriendo no se vieron mas en la oscuridad de la noche, no puede ser que el trago de coyolito que me tome en la velación se me haya subido, pensó,  bueno ya paso, mañana sera otro diya y siguió su camino fumando.

En la mañana, la Queta hija de don Cipriano, fue a la montaña a comprarle huevos a las tres hermanas, eran los mas grandes y colorados del pueblo; llegó temprano paso la talanguera hasta la puerta del corredor, la recibieron dos de ellas, la Queta les pregunto por la Rosa; esta con calentura, pero ya se le va a pasar, le dijeron las hermanas, recibió sus huevos frondosos con su respectivo vendaje y se marchó de aquel lugar solitario, la Juana y la Tila fueron a ponerle unos emplastos de yerbas a la Rosa que rápido se curó, para la noche ya estaba bien, del filazo que le dio el viejo Cipriano. Las tuncas continuaron con su acostumbrada tarea de noche y de día trabajando, en poco tiempo se volvieron las mujeres mas prosperas del pueblo y los lugareños mas pobres; cada día que pasaba sus pertenecías disminuían. 

Esa mañana don Cipriano se preparó para degustar sus huevos, pasados por agua, con tortilla bien calientes que le hacia su hija; comió y se fue a sus quehaceres, por la tarde callo enfermo con retorcijones y calentura, se comenzó a hinchar como sapo, aquel hombre seco no se parecía en nada a lo que se había transformado, inflado totalmente hasta que reventó; por haber comido aquellos huevos que su hija trajo de la montaña, estos hablan sido bañados con una poción mágica preparada especialmente para don Cipriano, en castigo por haber atacado a la Rosa, que era la nieta mas querida de la bruja Anacleta.  

Un cuento de José Leonel Reyes "Gamaniel 7"

  DERECHOS DE AUTOR RESERVADOS Si desea compartirlo en su blog o página puede hacerlo siempre que de el crédito al escritor y al blog cuentosleyendasmitos.blogspot.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario