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jueves, 26 de enero de 2012

EL SACRISTAN




Se llamaba Agruelio; era casi joven, casi viejo; su cara era rostro. Sonreiba beatíficamente, con la dulzura triste de las bocas sin dientes. Era moreno; de pelo gris; de ojos grises; de manos grises; de trajegris, de alma gris... Iba siempre agachado; iba, por el corredor del convento, por el suelo de la Iglesia siempre desierta, arrastrisco como una cuca, como ratón. Tenía quién sabe qué de solterona, a pesar deque, en aquel paradójico hogar donde la falda era masculina, daba la idea de la esposa del cura. Los tacones de sus zapatos burros no podían olvidar el martillo del zapatero; martillaban constantemente el eco, impregnado de incienso, de aquella tumba fresca.

Agruelio salía de allí muy pocas veces. Era una especie de topo parroquial. De cuando en cuando se aventuraba en el atrio, para ver la hora en el reloj de la torre. Miraba a la calle, como quien mira al mar; miraba al reloj, como quien consulta los astros. El mirar tan alto le mareaba. Frotaba sus cejas felpudas y breñosas, y entraba tambaleante a su cueva. Tak, tak, tak,... los tacones, buscadores de tesoros. La nave del templo iba perdida en una tempestad de silencio, izadas todas las velas de esperma con sus fuegos de San Telmo. En la popa, como un mesana desmantelado, iba el crucifijo.

Agruelio era devoto de Santo Domingo. Santo Domingo vivía en el rincón más olvidado del crucero de la iglesia.

Era aquél un rincón arrinconado, oscuro, frío. La casa del santo era un altar antiguo, de un dorado de kakaseca; ornamentado churriguerescamente con espirales terrosas, guirnaldas de mugre, gajos de uvas, piñas, granadas, pájaros muertos, mazorcas de máis y rosas petrificadas. Tenía en la portada unos pilares como pirulíes, unas columnitas de pan francés, unos capiteles de melcocha; y, por las paredes, hojas, hojas, bejucos; meditas, chirolas, colas de alacrán y arañas de verdad.

De pie en el portal, el santo, todo vestido de negro y blanco, miraba lánguidamente tras el vidrio del camarín. Tenía en una mano una bomba de anarquista, y en la otra un libro como un ladrillo; a sus pies, un chuchito de circo. Su rostro era lampiño, a pesar de la barba postiza de madera. Era calvo el pobre; y miraba como con hambre.

Agruelio lo amaba; se parecía algo a él, de tanto contemplarlo. Se robaba las candelas del Niño de Atocha (que era el menos respetable, por lo cipote) y se las iba a poner a su patrono. Tenía celos de una vieja, que le disputaba la predilección. La vieja le adelantaba en limosnas. En aquel rincón oscuro, se marchitaban hasta las rosas de papel. El llanto de las candelas se había cuajado en la mesa de lata. Los rezos habían atraído algunas avispas, que panaleaban en las cornisas.
              
                              ***

Aquella madrugada, Agruelio se había levantado como siempre, a impulso de su presentimiento de gallo que conoce la vecindad del sol. Entró a la iglesia con un portazo. Anduvo preparando el vino para la misa de cinco. Luego fue, taconeando, a encender las candelas. Dejó la vara en un rincón y subió al campanario para dar el primer toque.

Su mano gris, agarrada del badajo, se puso a tirar sobre el pueblo dormido grandes anillos sonoros, que caían ondulando, ondulando; abriéndose, abriéndose..., hasta llegar a la orilla del cielo, donde despuntaban ligeros clarores. Luego, Agruelio bajó chas, chas, chas, de grada en grada; siempre arrastrisco, apoyándose con una mano en la pared del caracol. En la oscurana, las candelas pintaban claro con sus brochitas azules. Los murciégalos entraban, borrachos, huyendo del día; escupían y se colgaban, como tasajos, en las vigas; uno que otro rozaba la cara del sacristán, con su cuerpo de gumeyo pasado.

—¡Estos babosos!... ¡Shé!...
Quería quitárselos a manotadas, como a moscas. No le casaba mucho el pañueleo espeluznante de las alas de carne.
—¡Bían dihacer recogida, con estos ratones volantes! Tienen carediablo, dientes, pelos y juman... ¡Papadas!...

Se fue derecho al crucero. Al llegar frente al altar de su devoción, se arrodilló persignándose; cruzó los brazos, y, elevando su rostro un poquito ladiado, lo endulzó humillándolo, mientras dejaba caer una plegaria.

Fue entonces cuando el terremoto, que había estado un siglo con el pelo cortado, haciéndose elbabieca, entró de golpe en la iglesia: y, como un nuevo Sansón, agarro las columnas y sacudió. Agruelio tuvo tiempo de ponerse en pie.

—¡Santo Dios, santo juerte!...

Era tarde. El patrono había soltado su bomba de anarquista. Tambaleó el altar, desmoronándose como una torta seca; se rajó el muro tremendo; y el santo perdiendo los estribos, vino a dar en la cabeza de Agruelio con su ladrillo bíblico.


 Cuentos de Barro --Salarrue--

4 comentarios:

  1. Cuales son las ideas principales y secundarias del cuento?

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    1. puta toda la tarea queres que te hagan

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    2. Bien interesante su pregunta, le recomiendo que vuelva a leerlo para que encuentre sus propias ideas del cuento sobre la realidad religiosa salbadoreña

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    3. puta, no hacen paro ustedes va

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