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miércoles, 15 de febrero de 2012

BRUMA





 Pringaba siempre, como toda la noche, como todo ayer... El día había nacido de la escurana como un humito azulón. Era tiempo de ñebla y la laguna estaba dormida, borrosa, y de ella se desprendía con el silencio un aroma triste. El agua gris, perdida en el cielo gris, era casi invisible. Dulcemente batía la orilla como si la besara. En aquella orilla oscura parecía finar el mundo suspendido sobre un precepiciode tristeza.

El cayuco se desprendió de la palizada con pechazos suaves de pescado colasero. Como el alma diunpalo viejo que se desprende del mundo, así el cayuco se fue alejando, volátil, en aquel cielo de neblina. Hundía y alzaba el ala delgadita de la pértiga, coliando timonero con la pluma del remo. Un pescador cantaba. Su voz volaba entre la ñebla dorisca, como un murciégalo atontado salido diunoscuro querer. Murientes ecos sobreaguaban en la distancia. En aquella luz que se disolvía en la bruma, extrañas formas parecían despertar al conjuro del canto. Caderas de plata venían danzando sobre el agua muda; azules cabelleras flotaban en la brisa y había allí, en la margen, vagos ruidos de bocas que se abren a flor de agua, de suspiros, de besos, de gárgaras, como si todas estas brujerías se hubieran despertado para embriagarse en la mañana sutil.

Dejando suelta al dulce ondeyo del remolque la trenza de su canto, el negro Calistro calló chachando su mutismo al de su chero, como pa hacer un tecomate de tristura. Iban ligeros; más que sobre el cayuco, parecían bogar sobre el silencio. Una quiotra espumita iba reventona y efervescente en la punta del remo, dejando oír su leve gorgorito.

Seguía pringando cernido. Jueron dejando de remar, dejando, dejando, hasta que se quedaron casi quietos sobre el respiro del agua dormida. El sol, en medio de la ñebla, era como el corazón amariyo de una jlor algodonosa. Echaron los anzuelos. En aquella vagancia de las cosas no se sabía si picaría un pez o si picaría un pájaro.

                                            ***

Al mediodía se puso más tupido y más jrío. Llevaban tres horas pescando y no habían ajustado el tanto de rigor. Oyeron un cantar bajito, allí cerquita, y pensaron afligidos en el Duende. De pronto, una sombra vaga surgió del fondo de aquella claridad golpiada y se precipitó violenta sobre el cayuco. El golpe se oyó sordo como mazazo en piladera, y tras el golpe el chukuz, chukuz, chukuz de tres cuerpos al caer al agua. Manoteyos, voces y maldiciones, en trágico remolino, rondaron las cáscaras de los cayucos embruecados.


—¡Nade juerte, chero, hay que salir!...
—Voy nadando, oyó. ¿Quién babosos será ése que vino a jodernos?

Una voz cercana se dejó oír tranquila y orientera:

—Van nadando al contra, hijos. Laguna adentro siogan; síganme a yo.

Aquella segunda les dio confianza; y a nado e chucho buscaron el braciado del desconocido, que los guió, los guió, los guió hasta que asentaron jadeantes en el lodito mechudo de la orilla. Al tanteyobuscaron el monte y se tendieron a descansar. El negro Calistro estaba casi acalambrado por el yelodel agua. Quería preguntar al desconocido quién era, y darle las gracias; pero el juelgo se leatorzonaba en la garganta como un tapón y no podía hablar. 
Dejó al fin de pringar. Un vientecito brincador empezó a barrer el cielo. El sol logró meter un rayo dioroen la laguna, como carrizo en jícara, y empezó a beberse la cebada espumosa de aquella neblina. Alas tres se vido clarito las dos rodillas prietas del volcán acurrucado allá en Oriente. Como enormes esponjas oscuras, fueron apareciendo las ramazones de los palos asomados a la playa. En el patio del rancho cercano, la tarraya colgada de una pértiga parecía la telaraña del callar, para coger moscas de ruido.

El negro Calistro y su compañero miraron curiosos al endeviduo neshnito, que no lejos de ellos mostraba su espalda negra y angulosa de taburete viejo. Les bía sacado seguros, reuto y al mero punto de su propio rancho. Cuando el indio volvió su cara barboncita, cholea y sonriente, una exclamación de asombro brotó al unísono de sus labios:

—¡Ño Vicente, el ciego!...
—El mesmo, hijos. A nosotros los chocos nos encamina el estinto, un estinto más seguro que la bruja de los ductores, quiapunta siempre al Norte, según el decir...

 CUENTOS DE BARRO ---SALARRUÉ--- 



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